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Testigos

Por: Ramón Jimenez Velez -

La semana pasada estuvo saturada de noticias de importancia mundial. En primer lugar, el 29 de abril, la boda del príncipe Guillermo y Kate Middleton. Apenas dos días después, el 1 de mayo, los medios nos muestran los actos de beatificación del Papa Juan Pablo II, un hombre que influyó de manera decisiva en el siglo XX.

Algunas horas después, irrumpe en las pantallas de los televisores el urgente anuncio de que un comando de soldados de élite de Estados Unidos asaltó una fortaleza en las afueras de la capital de Pakistán y dieron muerte al terrorista más buscado del mundo Osama bin Laden.

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Fue como una efervescencia incontenible, una serie de sucesos que iban en arrolladora expansión y que, a partir de dos hechos programados en sincronía con sus antecedentes, nos sirvieron de preámbulo para un estruendoso remate, como fue la caída del extremista islámico.

La boda del heredero de la corona británica, la beatificación del Papa Wojtyla fueron actos a los que los medios de comunicación hicieron recorrer el mundo como una dulce brisa primaveral o una efusión de colores en medio de la aridez de la rutina.

Pero al día siguiente, en la oscuridad de la noche, el frenesí del teletipo de última hora con la noticia de que el responsable intelectual de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, había sido muerto, sacudió los telares del sueño que cubrían a la mayor parte de la población.

Vivimos una época de trascendencia de lo inmediato, como resultado de los avances tecnológicos aplicados a los medios masivos de comunicación. Nunca antes la humanidad estuvo tan cerca de los hechos como ahora, de allí que casi se haya convertido en protagonista de la historia.

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