Nacional - 27/11/12 - 07:44 PM
Confesiones de una ninfómana
Insaciable, cada vez con ganas de más, más y más. No importa dónde, cuándo, cómo, con quién o quiénes. Mente dominada por el apetito carnal... Vive la vida loca y peligrosa del sexo desenfrenado.
Como 12 pulgadas de largo le calculé a la cosa más grande que me ha penetrado. El dolor era insoportable; el placer interminable.
Luis ya no solo era el mecánico que me chequeaba el carro, ahora era el chequeador de mi intimidad; mi otra conquista en mi amplia vitrina de trofeos sexuales.
Tenía rostro de macho, labios gruesos, piel canela y tonificado. Tendría él 32 años cuando iniciamos nuestra aventura; ocho menos que yo.
Con él hice todo el Kamasutra y lo reescribí. Lo que en mi vasta experiencia sexual ya había hecho, lo perfeccioné con él; y lo que no, lo inventé y gocé. Hicimos de todo... Y a pesar de ser el más grande y fogoso, le llegó el momento de su muerte conmigo: ya no me bastaba, no me saciaba...
Insatisfacción
Lo tiré al rincón más recóndito de mi historia sexual. Tengo que aclarar que antes de él perdí la cuenta de con cuántos hombres había estado, desde que superé al número 30.
Banqueros, doctores, ingenieros, arquitectos, contadores, biólogos, guardabosques, profesores, policías, futbolistas, fisiculturistas, mecánicos y de otros oficios. Blancos, rubios, negros, culisos, panameños, extranjeros y hasta el indio que es conserje de la torre donde vivo. Tener sexo con cada uno de ellos representaba la búsqueda ansiosa de otro.
Yo creo que mi desenfreno sexual inició cuando mi pareja ya ni me tocaba. Comencé a ver pornografía por internet. Así estuve por buen tiempo hasta que perdí la pena y decidí ir a una tienda de artículos sexuales. Allí me compré mi primer consolador. Después, opté por adquirir un vibrador.
Cuando llegaba de la oficina me encerraba en el baño y le daba una y otra vez. Solo éramos él y yo. Llegó un momento en que ya no aguantaba llegar a la casa. Fue cuando entonces decidí llevar mi vibrador en mi cartera. Lo usaba en el baño de la oficina y si no, en cualquier otro baño público.
Me harté de esos aparatos, desde que una tarde me le quedé mirando el bulto que tenía mi vecino; el que vive en el apartamento del frente. Con ese fue el primero que le monté los cuernos a mi pareja.
Desde ese primer engaño, miré a los hombres con otros pensamientos. Cada uno que conocía o que era allegado a mi círculo laboral y social era como un reto, cuya presa tenía que cazar y devorar.
A cualquier hora y lugar
Cada vez, mi deseo por el sexo iba en aumento. Es que el sexo se convirtió en mi desayuno, almuerzo y cena. Hubo veces en que con un hombre lo hice por la mañana, antes de llegar a la oficina; con otro, al mediodía; y un tercero, por la tarde y noche.
Los escenarios dejaron de ser íntimos para ser públicos: elevadores, baños, azoteas, playas y parques naturales. Ya no solo quería con uno, sino hasta tres al mismo tiempo.
Del freno al desenfreno llegó cuando José me penetraba. En ese momento, mi marido llegó más temprano de lo esperado. José era su alumno. Mi esposo nunca me reclamó. Seguimos casados y sin tener relaciones sexuales y sospecho que él es homosexual. Yo creo que soy una adicta sexual y necesito ayuda.
Características:
El psicoterapista, Álvaro Gómez Prado reveló que el perfil común de un adicto sexual presenta las siguientes características:
* Tiene una marcada dependencia hacia aquello que consume, en este caso sexo.
* Se encuentra obsesionado con ello. Piensa todo el tiempo en la próxima vez que tendrá sexo.
* Puede llegar a ser mentiroso y llevar una doble vida, ya que no cuenta a los demás sus encuentros sexuales.
* No importa si tiene una relación de pareja, el adicto sexual puede incurrir en encuentros sexuales casuales con desconocidos o bien en masturbación compulsiva o uso excesivo de pornografía.
* El estímulo que el adicto necesita suele ser mayor cada vez, una sexualidad más compleja o encuentros más agresivos, películas más violentas -si usa pornografía- o bien mayor cantidad de encuentros.
* El adicto sexual es progresivo, de la misma manera en que un alcohólico necesita cada vez más alcohol para tener el mismo efecto que busca.
Luis ya no solo era el mecánico que me chequeaba el carro, ahora era el chequeador de mi intimidad; mi otra conquista en mi amplia vitrina de trofeos sexuales.
Tenía rostro de macho, labios gruesos, piel canela y tonificado. Tendría él 32 años cuando iniciamos nuestra aventura; ocho menos que yo.
Con él hice todo el Kamasutra y lo reescribí. Lo que en mi vasta experiencia sexual ya había hecho, lo perfeccioné con él; y lo que no, lo inventé y gocé. Hicimos de todo... Y a pesar de ser el más grande y fogoso, le llegó el momento de su muerte conmigo: ya no me bastaba, no me saciaba...
Insatisfacción
Lo tiré al rincón más recóndito de mi historia sexual. Tengo que aclarar que antes de él perdí la cuenta de con cuántos hombres había estado, desde que superé al número 30.
Banqueros, doctores, ingenieros, arquitectos, contadores, biólogos, guardabosques, profesores, policías, futbolistas, fisiculturistas, mecánicos y de otros oficios. Blancos, rubios, negros, culisos, panameños, extranjeros y hasta el indio que es conserje de la torre donde vivo. Tener sexo con cada uno de ellos representaba la búsqueda ansiosa de otro.
Yo creo que mi desenfreno sexual inició cuando mi pareja ya ni me tocaba. Comencé a ver pornografía por internet. Así estuve por buen tiempo hasta que perdí la pena y decidí ir a una tienda de artículos sexuales. Allí me compré mi primer consolador. Después, opté por adquirir un vibrador.
Cuando llegaba de la oficina me encerraba en el baño y le daba una y otra vez. Solo éramos él y yo. Llegó un momento en que ya no aguantaba llegar a la casa. Fue cuando entonces decidí llevar mi vibrador en mi cartera. Lo usaba en el baño de la oficina y si no, en cualquier otro baño público.
Me harté de esos aparatos, desde que una tarde me le quedé mirando el bulto que tenía mi vecino; el que vive en el apartamento del frente. Con ese fue el primero que le monté los cuernos a mi pareja.
Desde ese primer engaño, miré a los hombres con otros pensamientos. Cada uno que conocía o que era allegado a mi círculo laboral y social era como un reto, cuya presa tenía que cazar y devorar.
A cualquier hora y lugar
Cada vez, mi deseo por el sexo iba en aumento. Es que el sexo se convirtió en mi desayuno, almuerzo y cena. Hubo veces en que con un hombre lo hice por la mañana, antes de llegar a la oficina; con otro, al mediodía; y un tercero, por la tarde y noche.
Los escenarios dejaron de ser íntimos para ser públicos: elevadores, baños, azoteas, playas y parques naturales. Ya no solo quería con uno, sino hasta tres al mismo tiempo.
Del freno al desenfreno llegó cuando José me penetraba. En ese momento, mi marido llegó más temprano de lo esperado. José era su alumno. Mi esposo nunca me reclamó. Seguimos casados y sin tener relaciones sexuales y sospecho que él es homosexual. Yo creo que soy una adicta sexual y necesito ayuda.
Características:
El psicoterapista, Álvaro Gómez Prado reveló que el perfil común de un adicto sexual presenta las siguientes características:
* Tiene una marcada dependencia hacia aquello que consume, en este caso sexo.
* Se encuentra obsesionado con ello. Piensa todo el tiempo en la próxima vez que tendrá sexo.
* Puede llegar a ser mentiroso y llevar una doble vida, ya que no cuenta a los demás sus encuentros sexuales.
* No importa si tiene una relación de pareja, el adicto sexual puede incurrir en encuentros sexuales casuales con desconocidos o bien en masturbación compulsiva o uso excesivo de pornografía.
* El estímulo que el adicto necesita suele ser mayor cada vez, una sexualidad más compleja o encuentros más agresivos, películas más violentas -si usa pornografía- o bien mayor cantidad de encuentros.
* El adicto sexual es progresivo, de la misma manera en que un alcohólico necesita cada vez más alcohol para tener el mismo efecto que busca.
