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¿De dónde proviene el carajo?

El Tiempo Expresa alegría o tristeza. Censura o aprobación. Sorpresa, asombro... Y nada sabemos de su origen. Voy caminando por el sendero que

Juan Gossaín | Cuando yo era niño, a comienzos de la Edad Media, los vecinos de San Bernardo del Viento decían: ‘Me importa un carajo a la vela’ para referirse a algo que solo merecía desprecio o indiferencia.

El Tiempo

Expresa alegría o tristeza. Censura o aprobación. Sorpresa, asombro... Y nada sabemos de su origen.

Voy caminando por el sendero que bordea la bahía de Cartagena y, de repente, me detiene una señora sudorosa, que trota en sentido contrario, vestida con un pantalón corto y zapatos deportivos. Alguien le dijo que soy miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

–Excuse usted –me detiene, jadeando–. ¿Cuál es el origen de la palabra carajo?

Desde esa tarde estoy metido de cabeza, investigando aquí y rastreando allá. Las leyendas abundan, las fábulas se multiplican, los cuentos son incontables, las teorías crecen, pero hasta el día de hoy nadie sabe con exactitud cuál es su procedencia, eso que los eruditos y los refinados llaman “la etimología”: origen de las palabras, motivo de su existencia, razones de su significado.

Parece mentira, y es una verdadera ironía del destino: la expresión más usada del idioma y ni siquiera sabemos de dónde salió. No ha sido posible establecer con precisión en qué parte fue que nació el término carajo, ni cómo ni por qué, siendo, como es, uno de los vocablos más comunes de nuestro idioma, de los más expresivos y útiles, al que la gente recursiva acude para decir cualquier cosa, tanto buena como mala.

Que yo sepa, es la única palabra castellana que tiene al mismo tiempo su sentido propio y el contrario. Es casi hermafrodita. Puede significar, simultáneamente, lo negativo y lo positivo. ‘No valer un carajo’ es lo contrario de ‘valer un carajal’. Todo depende del sentido de la frase, pero, sobre todo, de la entonación que le pongan. ‘Estar del carajo’ es un elogio que se hace por igual a una novela, un vestido o una muchacha. ‘Irse para el carajo’, en cambio, es una desgracia.

Lo cierto es que, con el paso del tiempo, el término perdió su connotación de palabrota y se volvió imprescindible en el lenguaje cotidiano, incluso en las charlas de familia. Ya tiene hasta un sentido de ternura: ‘Ahí te mando esa carajadita de regalo. No será mucho, pero es con cariño’.

No existe otro caso en el idioma español que permita, con una sola palabra de seis letras, expresar todos los estados de ánimo, los sentimientos y los pensamientos humanos. Tanto así que don Roberto Restrepo, el admirable gramático paisa, escribió: “Pongan sobre la tierra un hombre que, con distintas entonaciones, sepa decir carajo. No necesitará nada más, porque ya se sabe todo un idioma”.

El diccionario de la Real Academia Española, que en el Caribe llaman ‘mataburro’ porque sirve para desasnar a la gente, pero también para romperle la crisma a un cristiano por su peso y su tamaño, se limita a decir, en la primera definición, que carajo es voz malsonante, empleada como sinónimo del miembro viril masculino.

La canastilla del marinero

Los portales más populares de internet, como Google y Wikipedia, recogen abundante material sobre una viejísima historia según la cual se le llamaba ‘carajo’ a una especie de canastilla que había en lo más alto del palo mayor en las antiguas naves marinas. Afirman que allí eran enviados, en señal de castigo, los marineros que cometían alguna falta.

Agregan, y se quedan tan frescos, que eso era lo que se denominaba ‘mandar a alguien para el carajo’ o ‘irse para el carajo’. Bonita historia, emocionante y llena de aventuras. Lástima que sea falsa, aunque la hayan recogido hasta libros serios y diccionarios de medio pelo. La enseñan en algunos colegios como si fuera auténtica. Sin embargo, nunca existió en las embarcaciones sitio alguno al que le dijeran ‘carajo’. A los marineros díscolos simplemente se los encerraba en el calabozo, a pan y agua. Más agua que pan. Y la famosa canastilla, que sí existe, es en realidad el puesto del vigía y en castellano se llama ‘cofa’.

Pero la mitología popular es infinita. En tiempos de Cristóbal Colón, los navegantes inventaron que el carajo ya no era una canastilla, sino una isla lúgubre perdida en mitad del mar Caribe, en la que bajaban a los tripulantes indisciplinados, abandonándolos a su suerte. Puras embusterías. La única relación comprobada que hay entre el mar y el carajo es una vela cuadrada, llamada ‘caraja’, que los pescadores mexicanos despliegan cuando sopla mucho viento.

Entonces, ¿de dónde carajo proviene carajo? Repito que su cuna es incierta. Contra lo que piensan muchas personas, incluso eruditos, se ha demostrado que no es palabra inventada en América, pues aparece mencionada con sentido picaresco en el Cancionero de Baena, una colección de poemas recogidos en España hacia 1405 por Juan Alfonso de Baena, para regalárselos al rey Juan II.

Como si fuera poco, filólogos minuciosos detectaron que hace casi un milenio, en el año 1247, vivía en la villa de Madrid un hombre al que apodaban Pedro Carajo o Carajuelo. Tampoco se sabe por qué.

En Colombia, por allá en los años 30 del siglo pasado, existió el ilustre profesor López de Mesa, que no solo era historiador, sino médico, psicólogo, político, ministro varias veces, y que además pasaba fácilmente de lingüista a biólogo y genetista: un día llegó a sostener que el hombre desciende de la sardina. El profesor también afirmó que la palabra carajo es de origen vascuence porque, según él, los primeros que la trajeron a Colombia fueron unos soldados vascos que llegaron en tiempos de la colonia. Lo que no dice el profesor es cómo diablos hizo la palabrita para extenderse por el mundo entero de habla hispana.

El legendario padre Revollo, en su estupenda obra “Costeñismos colombianos”, informa que hace 300 años, en la ciudad de Riohacha, las gentes decentes usaban el disimulo ‘caracha’ para no decir ‘carajo’.

Carajillo, carajito, carajear…

Hijo expósito, sin un padre que responda por él, como los huérfanos, y sin una familia que lo reclame, con el paso del tiempo carajo se fue convirtiendo en adjetivo y sustantivo, en exclamación o interjección, en verbo y también adverbio, en agravio y elogio por igual. Sirve hasta para medir las distancias: todos conocemos a alguien que vive más lejos que el carajo.

Ha llegado, incluso, a sentarse en los restaurantes más exquisitos, en España como en América, donde la palabra carajillo describe un café bien caliente que se mezcla con algún licor. Carajada, a su turno, es una cosa insignificante, pero también una réplica tajante: ‘¿Qué es la carajada suya?’, pregunta el agraviado, en tono retador. Carajadita, como dijimos al comienzo de esta crónica, viene siendo una pequeñez cariñosa.

Carajear pertenece a los verbos de la primera conjugación, que son los terminados en -ar. En Colombia significa ‘echar vainas’, ‘ofender a alguien con palabras soeces’, pero en otros países se lo usa para describir el hecho de andar por ahí profiriendo groserías sin ton ni son. Carajete o carajeto, ya en desuso, era el calificativo que le daban en tierras del Huila y Tolima al bobo del pueblo. Carajito, en cambio, es el calificativo cariñoso para referirse a un niño.

Seguiré averiguando. Vale la pena porque se trata de la palabra más expresiva del idioma castellano, la más variable y provechosa, la que cambia de ropa todos los días. Sirve para todo de indistinta manera, para elogiar y condenar, para pelear o departir, para odiar y amar, para felicitar o regañar, para reír y llorar, para gozar o sufrir, para criticar y ponderar, o para referirse a alguien sin mentarlo (‘ese carajo’). Expresa alegría o tristeza con el mismo vigor. Censura o aprobación. Satisfacción y disgusto a la vez. Sorpresa, complacencia, perplejidad. Es el recurso apropiado para salir de aprietos cuando uno no recuerda ese término esquivo que se le escapa de la memoria, aunque lo tenga en la punta de la lengua. Pero su verdadero origen sigue siendo un misterio.

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