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El día después de la invasión militar de Panamá 

Un día después del fatídico 19 de diciembre de 1989, inicio de la invasión militar del ejército de Estados Unidos para derrocar al exgeneral Manuel Antonio Noriega y a sus Fuerzas de Defensa, así lo vivimos cuatro periodistas.

Eloy Aguilar de AP, James Aparicio, de FrancePress; Julio Olvera, de Notimex y yo, Lisette del Carmen Carrasco, de ACAN-EFE, juntos con dos dependientes y dos miembros de las fenecidas Fuerzas de Defensa, que arrojaron sus armas debajo de una de las tres refrigeradoras ubicadas dentro de la tienda de abarrotes, separada por una avenida de la base militar estadounidense de Clayton.

Decidimos refugiarnos en la bodega que minutos antes nos sirvió de una improvisada redacción en la que informamos a nuestras agencias, por medio de un teléfono de moneda, el inicio de la invasión militar. Media hora después el único aparato telefónico dejó de funcionar.

Le sugerimos a los dependientes no apagar la luz, la oscuridad del local podría crear sospecha en algunos de los dos bandos, pero sí cerrar la puerta de ingreso por seguridad. Durante la noche no cesaron lo intensos combates. Se escuchaban las ráfagas de ametralladoras. Dos explosiones muy cercanas nos avisaron lo peor.

Poco hablamos. Los militares estaban confundidos y temerosos, por casualidad se encontraban en el establecimiento para comprar café que les mantuviera despierto en su ronda nocturna. Uno de ellos me confiesa que tenía miedo morir y no ver crecer a su niño nacido dos meses antes. Pelear por la patria sería su orgullo, morir por Noriega, no.

Tras ocho horas guarecidos decidimos salir de nuestro refugio ante el cese de hostilidades y le sugerimos a los militares que se rindieran, era lo mejor. No tenían las condiciones ni los pertrechos de guerra para enfrentarse a los militares estadounidenses. Mientras que a los trabajadores se les aconsejó que se quedaran allí, al cabo había alimentos y agua para subsistir. Abordamos el vehículo conducido por Eloy para lograr llegar al centro de la ciudad.

En el primer retén no encontramos con los mismos militares, que la noche anterior nos aconsejaron buscar refugio seguro, porque:

- Hoy, le vamos a romper el culo a los militares panameños.

Al no notar la ausencia del soldado afroamericano que le acompañaba la noche del 19 de diciembre y quien expresó la frase lapidaria, le preguntamos a la militar estadounidense, quien estaba a cargo de la unidad, sobre el militar en cuestión y contestó: - Fue nuestra primera baja, murió por una herida de bala, sin dar más explicaciones.

Confieso que sentí un enorme dolor, no solo por el joven militar estadounidense y su familia, también por mi gente que estaba muriendo en iguales circunstancia. No era justo.

Nos dieron el visto bueno, y proseguimos el camino. Entre más seguía la marcha al lugar de destino, el olor a pólvora se entremezclaba al desagradable hedor a carne quemada, era tan fuerte la fetidez de la muerte.

En el segundo retén no nos fue bien. Mi compañero Rolando Rodríguez lo encontramos hincado con sus manos entrelazadas sujetando la nuca. Le informamos al oficial a cargo que el detenido es periodista. El militar estadounidense quiere saber ¿por qué? se movilizó hacia la zona de entrada de las bases militares estadounidenses, ubicadas en las riberas del Canal de Panamá. Rodríguez contestó: - Los viene a buscar para llevarlos a casa.

Siempre me sorprenderá la valentía de Rodríguez, es uno de los grandes periodistas de Panamá. Agradecida por su compromiso y compañerismo.

Nos obligaron a James, Julio y a mí a retirarnos, pero debían de quedarse “por investigación” Aguilar y Rodríguez. Para salir del embrollo nos dieron la siguiente instrucción: accionar el auto de reversa, mientras ellos apuntaban su metralleta al conductor, James, mientras realizaba maniobra.

Entre tanto, Julio sostenía la improvisada bandera blanca. Un mexicano cabal, buen amigo y gran consejero.

Eloy, el gran jefe pluma blanca y el gran maestro, que siempre nos resguardó. Mil gracias infinitas por siempre estar allí, con nosotros.

- Solo sigan las instrucciones, yo me encargo de los demás. No tengan miedo. No es hora de rajarse, nos dijo como despedida.

James recuerda a un amigo que vive en las áreas revertidas. Llegamos al complejo de dúplex y nos recibe Ana Velarde y su esposo, Julio. Nos abrieron las puertas de su casa y nos abrazaron. Por fin, tomarme una taza de café caliente y me desplomé. Lloré por los muertos, por sus familias, por mi país, por mi vida. La noche del 20 de diciembre nuevos combates. La voz desesperada de un hombre: - Está muerto… está muerto.

Dos días nos mantuvimos bajo el abrigo de Ana y de Julio. A pesar, de su resistencia, el 22 de diciembre decidimos dirigirnos a nuestro destino. El último retén estadounidense nos advierte: - Allá afuera, no hay ley. Aquí lo podemos proteger.

A pesar del llamado de aviso, seguimos. Fueron 15 minutos que nos separaron del retén a la ciudad. James al volante coloca el pie derecho en el acelerador y da marcha a toda velocidad, atraviesa las improvisadas barreras de llantas quemadas en la avenida que atraviesa el popular barrio de Curundú, sin dejar de sonar el claxon, con esta acción evitaba arrollar a un cristiano, y solo nos pedía mantenernos boca abajo.

- Si van a matar a uno de los tres, que sea a mí, y tú Julio continua al volante.

Otro de mis héroes y uno de los mejores, James.

Llegamos sanos y salvo a las oficinas de Acan-EFE, con el carro totalmente destruido y un par de balazos en el chasis. Nos fundimos los tres en un fuerte abrazo. Gritamos:

- Aquí estamos. Ya llegamos.

El primero en recibirnos fue Rolando, luego Andrea Claret, y así se sumaron más compañeros, y Eloy le comunican de nuestra arribó .

Me reportó a casa de mis padres para decirle que estoy bien. Días antes nos habían dado por desparecidos.

Y, por último, me da el teléfono el jefe de redacción, Antonio Martínez, del otro lado, la voz conocida.

- Hola Carrasco, soy el general Cisneros, me alegra saber que estás bien. Después de Navidad, me gustaría conversar contigo.

El encuentro se dio. Le prometo que se los contaré en otra entrega.

P.D. - Ese mismo día, 22 de diciembre, decidí escribí la crónica sobre la invasión. El reporte de la agencia EFE relacionada al rebote de mi nota fue para mí una sorpresa, publicada en primeras planas de los medios de comunicación social a nivel mundial, en diversos idiomas, con el enunciado del primer militar estadounidense caído en combate: “Vamos a romperle el culo a los militares panameños”.

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