Papito
" ¡Cuidado que puede haber una culebra!", advirtió mi esposa. Momentos después escuchamos de esos animales que encontraron allí... cerca de las tumbas de los seres queridos
Milcíades Ortiz
" ¡Cuidado que puede haber una culebra!", advirtió mi esposa. Momentos después escuchamos de esos animales que encontraron allí... cerca de las tumbas de los seres queridos en el cementerio. No era fácil caminar entre maleza por una trocha. Más de uno decía que no cuidaban el camposanto. Con ansiedad buscábamos la lápida con el nombre de nuestra madre. "Allá está", me indicaron. El corazón se me apretó al ver la tumba sin pintura y con hierba alta. Quisimos arrancar la vegetación. Por los alrededores estaban personas ganándose "un camarón". Limpiaban tumbas y pintaban a lo ligero los nombres de los fallecidos. Apreté la boca para aguantar las lágrimas. Por mi mente circularon como escenas de televisión los momentos felices que pasamos con ella. Desde que era un chiquillo que "quería que me compraran unas costosas maracas" hasta llegar a viejo, algo que no aceptó.
La maestra Italia tuvo tres hijos de su vientre, pero decenas ajenos, sus alumnos de primaria en Parque Lefevre y Río Abajo. Todavía hoy alguien se me acerca y me habla de ella... En la familia era a la que acudíamos cuando queríamos algo difícil. Era la intermediaria entre nosotros y mi padre. Siempre se preocupó porque la familia se conociera. Nos llevaba a visitar a los primos, contaba historias de su familia de origen italiano. Se le consideraba una biblioteca histórica sobre los familiares de Italia. No gustaba de la violencia. Durante mis actividades en el Instituto Nacional sufría al enterarse de que "los aguiluchos estaban en la calle". Durante la dictadura unos desalmados la llamaban para atemorizarla sobre palizas y arrestos de su hijo mayor. Había que llevarla a una clínica para que le dieran calmantes... Al pasar los 80 años sufría porque sus amigos se habían ido. Entonces se refugiaba en su mente rica en sueños.
Fue primer puesto de su graduación de maestra. Escribió cuentos y artículos que fueron publicados. Y le gustaba tararear viejas canciones por la mañana. Al llegar a los 90 su viejo cerebro no reconocía a todo el mundo. ¡Pero sí a sus hijos! Me sentía feliz cuando se le alegraban los ojos y me llamaba "papito", igual que me decía de niño... Por eso ninguna culebra, maleza y suelo húmedo impediría que visitara su tumba...