Opinión

Policía frustra viaje familiar

s. Mi familia estaba frente a un teniente. Pidió los documentos y cuando Eriverto mostró su cédula de ese país, el oficial Palacios indicó que si no contaba con el pasaporte no lo podía dejar entrar a la comarca.

Por René Hernández González

 

El sábado sorprendimos a la suegra, Gladys Eugenia Montecer Amor con una fiesta. Ella cumple 80 años el 13 de noviembre. Para tan importante acontecimiento fuimos, hasta Aguadulce, a buscar a su hermana menor, la maestra, Julia Josefa viuda de González. Lo que no sabía ella era que a las cinco de la tarde llegaba su hija menor, acompañado de su esposo. Viajaban desde Brasil con el ánimo de estar en la fiesta y de paso, también sorprenden a su madre y a la cumpleañera.

 

El brasileño, Eriverto Braga tenía como uno de sus principales sueños ir hasta San Blas, para ver el desenvolvimiento de la gente de esa región, quienes tienen una especie de mini gobierno, dentro de la gran República de Panamá. Frente a ese anhelo decidimos levantarnos temprano, mi prima política, Adelaida González de Braga, mi esposa, María Teresa, mis hijos, Alfredo, Alejando, Alberto y este servidor. Puse el despertador a las cuatro de la madrugada con el propósito, primero, de atender a mis usuarios de los informes noticiosos y segundo, para llegar temprano al pueblo de la comarca de San Blas.

 

Preparamos todo y arrancamos a eso de las seis de la mañana. Después de recorrer casi dos horas, por la interamericana y luego 17 kilómetros hacia el Norte, por una calle empinada y en franco deterioro, una larga fila de autos nos detuvo. Siendo la primera experiencia por tierra pensé que se trataba de algún accidente. Dejé el auto en manos de mi hijo menor y de mi esposa; atrás en otro vehículo, venían, Alejandro, al volante, Alfredo, de copiloto y como pasajeros, Adelaida, Eriverto y  Julia Josefa.

 

Caminé más de un kilómetro; en el trayecto me encontré con gente desesperada. Luego divisé una garita donde dos policías del Servicio Nacional de Fronteras, revisaban documentos y a unos 300 metros estaba la garita de peaje, bajo la responsabilidad de representantes de los Gunas, (Kunas). Cerca de los dos policías, se leía un decálogo de los llamados de atención y de los requisitos, para quienes se dirigían a las islas de la comarca de San Blas.

 

A los extranjeros les pedían su pasaporte o cualquier otro documento de identificación y a los nacionales su cédula. Tuve una charla amena con el policía con rasgos de la etnia que ocupa el archipiélago que íbamos a visitar, y para colmo portaba, en la parte izquierda de su pecho, el apellido Hernández. En una de las mangas de su camisa de fatiga aprecié tres rayitas negras, lo que lo hacía merecedor del rango de sargento segundo. Después de conversar con él fui hasta la caseta de peaje,  donde tuve una charla amena con mis hermanos gunas. Allí me expresaron que los extranjeros pagan diez dólares, los panameños dos y por cada auto, cinco dólares. Desde ese punto no dejan pasar autos sedanes, debido a que los 22 kilómetros restantes tienen algunas elevaciones peligrosas y algunos tramos donde se requiere la doble tracción.

 

Por los comentarios surgidos, de varias preguntas comprometedoras, vaticino que muchos problemas se darán entre los residentes de la comarca y los miembros del SENAFRONT. Pagué, por adelantado, el peaje de mi familia y del invitado especial de Brasil, sin saber la odisea que nos esperaba. Después de la larga fila, que demoró más de una hora, ya en el puesto policial se apareció un uniformado de un metro 80 de estatura y más de 250 libras de peso. En su vestimenta se leía el apellido Palacios y arriba, en la manga y en su gorra se apreciaban dos barras. Mi familia estaba frente a un teniente. Pidió los documentos y cuando Eriverto mostró su cédula de ese país, el oficial Palacios indicó que si no contaba con el pasaporte no lo podía dejar entrar a la comarca.

 

Le imploramos, le rogamos; una y otra vez le explicamos que ese brasileño ya era casi panameño; iba con su esposa, su suegra, etc., etc., y nada, nada. El teniente pidió que alguien le tomara la foto al pasaporte con los sellos de entrada y la mandara vía celular. Se imagina, estimado/ a lector; decirle a mi suegro de 101 años o a la suegra, que apenas puede caminar, hacer semejante tarea; ellos que si acaso saben marcar un celular para hacer o recibir una llamada. Algunos gunas que presenciaron el acontecimiento me indicaron que la muestra del documento brasileño tenía el mismo valor que un pasaporte.

 

Eriverto no llevó su pasaporte aconsejado por mi esposa; ella con el claro convencimiento de que iba para un territorio panameño y con las claras intenciones de proteger un documento tan importante como el pasaporte, aconsejó a su casi cuñado a no llevarlo. El teniente Palacios fue intransigente; me le identifiqué; le expresé que me hacía responsable si el mundo se acababa con el paso del brasileño Eriverto Braga hacia la comarca. Le mostré el gran letrero que dice que a los extranjeros se les pide su pasaporte u otro documento de identificación personal y a los nacionales solo la cédula. “Mire caballero, esos son los requisitos de la comarca, acá los nuestros son otros”, me dijo. En pocas palabras estaba en medio de dos naciones con un solo territorio. En lo que continuábamos con el tema,  se bajó una persona con rasgos albinos; se notaba muy molesta; era nada más y nada menos que uno de los caciques de la comarca. Él venía de su tierra y en su intento de pasar le dijeron que se bajara, lo mismo que todos los pasajeros y las maletas; lo sometieron a una minuciosa revisión. “Lo hacemos con todos”; dijo otro sargento, responsable de esa operación.

 

“Cuentos, puro cuentos”, expresó un guna que parecía ser el guarda espalda del cacique. Sus palabras las lanzó a una distancia prudente de los policías. “Nosotros hemos presenciado como le hacen reverencias a altas autoridades del gobierno panameño y más cuando se trata de policías de más alto rango; entonces por qué esa acción de irrespeto con mi cacique” ¿Cómo actuarán si por aquí pasara el presidente Varela?, preguntó.

 

Un policía del Servicio Nacional de Fronteras arruinó el sueño de un brasileño y las intenciones de dos familias panameñas que deseaban conocer un poco más de mi bello Panamá. Ériverto cumplió años el 3 de noviembre; su esposa, el 10; mi suegra, el 13 de noviembre, día en que también celebramos el día de la profesión de mi esposa y este servidor y para rematar, quien escribe esta nota cumplió el día dedicado a los santos difuntos. Había muchas razones para celebrar, pero un policía frustró un viaje familiar.

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