Nacional - 12/10/26 - 04:00 PM

Azuero: Periodista relata el drama familiar y profesional tras el sismo

Una periodista relata en primera persona el terremoto del 9 de octubre en Azuero: la angustia por su familia, la torre caída de San Atanasio y su regreso a la vocación.

 

Por: Thays Domínguez/Crítica -

Nunca había vivido una experiencia como esta. En medio del caos, las primeras preguntas no fueron periodísticas: ¿está bien mi familia?, ¿dónde están mis hijos?, ¿están a salvo? 

Solo después de encontrar esas respuestas pude asumir el compromiso de salir a contar lo que estaba ocurriendo. 

El viernes 9 de octubre, mientras comenzaba a degustar mis alimentos en un segundo piso, el movimiento de la tierra interrumpió abruptamente la tranquilidad.

En cuestión de segundos, todo cambió. La reacción fue inmediata: evacuar, bajar las escaleras y buscar un lugar seguro. 

Afuera, el desconcierto se mezclaba con la desesperación de quienes intentaban comprender lo que acababa de suceder. 

En medio de aquella confusión, casi por instinto, intenté mantener la calma. Preguntaba a las personas si estaban completas, si habían encontrado a sus compañeros, si todos habían logrado salir. Pero mientras procuraba ayudar a otros, mi mente estaba en casa, con mi familia.

Incomunicación y la angustiosa búsqueda de la familia

Intenté comunicarme con los míos, pero las líneas telefónicas dejaron de funcionar.

Esa imposibilidad de escuchar sus voces fue uno de los momentos más angustiosos. Mi hijo estaba en casa y temía que estuviera solo. 

Finalmente, logré contactar a su papá y supe que ambos estaban juntos. Les recordé las instrucciones de seguridad y, en medio de aquella preocupación, también pensaba en mis dos perritas, parte de nuestra familia. 

Solo recuerdo haberles dicho: "Por favor, no me dejen a las perras adentro". 

Después pude comunicarme con mis tías y con mi otra hija, quien se encontraba con mi madre, una adulta mayor, mi hermana y mis sobrinos. 

Al principio no lograba localizarlos porque, durante la evacuación, habían dejado sus teléfonos adentro. Hasta que pude confirmar que todos estaban bien, no recuperé cierta tranquilidad. 

Como periodista, sabía que había mucho por hacer; como madre e hija, necesitaba saber primero que los míos estaban a salvo.

Colapso en La Villa de Los Santos y el Hospital Cecilio Castillero

Con mi familia localizada y a salvo, emprendí el recorrido por las zonas afectadas. Los primeros reportes sobre el desplome de la torre del campanario de la iglesia de San Atanasio, en La Villa de Los Santos, me llevaron hasta allí.

Durante mis más de 25 años de ejercicio periodístico, nunca había enfrentado una situación semejante. 

Ver aquella estructura destruida, en un templo que forma parte del patrimonio histórico del país, me produjo una impresión difícil de describir. 

A su alrededor, el panorama era desolador: el cuartel de Policía, el Museo de la Nacionalidad y antiguas viviendas de la zona también presentaban daños considerables, algunas con partes de sus estructuras derrumbadas. 

Posteriormente, me dirigí al Hospital Cecilio Castillero, donde los pacientes hospitalizados habían sido trasladados al exterior como medida de precaución mientras el personal de salud atendía la emergencia tras el terremoto.

Conversar con quienes estaban al frente de la respuesta y observar de cerca lo que ocurría dentro y fuera del hospital me impactó profundamente.

Otros hechos

Había vivido coberturas difíciles, momentos de tensión y situaciones que exigían mucho de mi profesión. Sin embargo, nunca había experimentado algo de esta magnitud. 

Ni siquiera durante la pandemia había vivido una jornada en la que la tierra misma pareciera poner a prueba, al mismo tiempo, nuestra seguridad, nuestra capacidad de reacción y nuestra fortaleza emocional.

Ese día comprendí, de una manera distinta, que detrás de cada periodista que llega a una escena de emergencia también hay una persona que siente miedo, que tiene una familia y que necesita saber que sus seres queridos están bien.

La vocación de informar no elimina las emociones ni nos hace inmunes al dolor. 

Somos seres humanos antes que reporteros, camarógrafos, fotógrafos o comunicadores.

Y, aun así, cuando la emergencia lo exige, encontramos la manera de continuar. 

Observamos, preguntamos, documentamos y contamos lo que sucede, porque sabemos que la información también es necesaria en momentos de incertidumbre. 

Informar es ayudar a comprender, orientar y dejar constancia de lo que vive una comunidad.

El terremoto que sacudió Azuero dejó imágenes que difícilmente olvidaré. 

Pero también me dejó una certeza: no se puede trabajar con la mente puesta en el deber mientras el corazón permanece angustiado por los suyos. 

Al final de aquella jornada, entendí que el periodismo no consiste únicamente en llegar primero al lugar de los hechos ni en registrar la magnitud de los daños. 

También consiste en comprender lo que esos hechos significan para las personas, en reconocer el miedo sin dejarse vencer por él y en contar las historias con la sensibilidad que merecen.

Porque aquel día no fui solamente la periodista que recorrió las calles para documentar la tragedia. 

Fui también la madre que necesitaba escuchar a sus hijos, la hija preocupada por su madre y la mujer que, como tantos otros, sintió que la seguridad de lo cotidiano podía desaparecer en cuestión de segundos.

La tierra tembló, pero la vida nos recordó dónde están nuestras prioridades. Y cuando supe que mi familia estaba a salvo, pude volver a hacer lo que siempre he procurado hacer: contar la historia de los demás, incluso cuando, por primera vez, una parte de esa historia también era la mía.

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