¡Hasta el amor más grande necesita ayuda!
Valoramos más la competencia que la colaboración, el éxito que el proceso, el erotismo que el amor. Aquello no es nuevo. Ninguna generación puede jactarse de que su tiempo fue “mejor”. Los errores humanos siempre han existido, solo varían las formas.
Finalizamos Cuaresma e iniciamos Semana Santa, conmemoración que marca una mayor reflexión sobre la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
Sobre un asno, con un pollino [cría de asno], Jesús entra manso y humilde en Jerusalén: “La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. «¿Quién es éste?», decían. Y la gente decía: «Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.»” (Mt 21, 8-11).
Después, arrestado y enjuiciado [de noche, algo ilegal en ese tiempo], con falsas acusaciones; y azotado por orden de Pilatos para tener que evitar su crucifixión porque sabía que Jesús era inocente.
Hubo tres causas humanas para crucificarlo. Causa religiosa: Jesús representaba un peligro para el negocio que los sacerdotes tenían en el templo con la venta de animales para los sacrificios ofrecidos a Dios. Causa política: Jesús se proclamó rey, un delito de lesa majestad, pues el único rey era el César. Causa social: Las autoridades temían que la fama de Jesús ocasionara una revolución en las colonias que tenía el imperio romano en Israel.
Jesús tenía una sola causa para entregarse como ofrenda perfecta al Padre: El amor, pero hasta el amor más grande necesita ayuda. Él cargó con el peso de nuestros pecados; tan pesada era la cruz, que necesitó ayuda: “Y obligaron a uno que pasaba, a Simón de Cirene, que volvía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, a que llevara su cruz” (Mc 15, 21-22).
Un extranjero [Cirene se encuentra en Libia] que debía venir cansado del trabajo, es quien ayuda al amor de los amores; le lleva su cruz. Cuando Jesús muere, otro extranjero [un soldado romano] es quien proclama la identidad del nazareno: “«Verdaderamente este hombre era hijo de Dios»” (Mc 15, 39).
Hoy, Jesús sigue siendo crucificado en los pobres, en los descartados, en los humillados, en los perseguidos, ¿soy capaz de ayudarlo a cargar esa cruz, por medio de lo que puedo hacer por esas personas? ¿Proclamo a Jesús como el Hijo de Dios a través del auxilio que doy a otros o me quedo en las palabras?
