Abnegados
Tomó mi mano con delicadeza. Puso una tiza entre mis dedos. Dijo que aprender a escribir la letra “a” era como manejar un carro. Había que subir, luego bajar, volver arriba y finalmente bajar e irse. Así me enseñó la maestra Susana de Lindo a escribir el abecedario… Mi hermano Orlando y yo fuimos enviados “a la fuerza” a la escuelita de Río Abajo porque molestábamos mucho. No había salones y la enseñanza se hacía en el garaje. Los diferentes grados nos sentábamos en las esquinas…
Aunque nunca me dio clases recuerdo a mi mamá “la maestra Italia”. Se preocupaba porque todos sus alumnos aprendieran a leer “de corrido”. Cuando un niño faltaba mucho iba a su casa para averiguar qué pasaba. Mi padre contaba cómo daba sus clases en su pueblo de origen Sampués, en Colombia. Usaba alambres para que los niños aprendieran las letras del abecedario. Los llevaba a sembrar en las cercas de las fincas árboles frutales. De la secundaria recuerdo a la profesora Enriqueta de Clause. Se opuso a que me expulsaran del Instituto Nacional por “revoltoso”. Señaló aquella frase atribuída a Méndez Pereira, que los jóvenes no necesitan frenos… sino ¡estímulos!
De la Universidad nunca olvidaré las amenas clases de Gil Blas Tejeira. Usaba varios recursos para mantener nuestra atención… entre ellos… ¡cuentos de Tío Conejo! Claro que he tenido más educadores meritorios, pero los mencionados sirven de símbolo de la profesión de educar. Lamentablemente por años se ha deteriorado la imagen de los educadores panameños. Hubo momentos en que se pensaba que sus luchas eran solamente para conseguir mejores salarios… nada de excelencia educativa. Como en cualquier profesión hay elementos que no harán bien su trabajo.
En lo personal les confieso que aprendí tanto de los buenos como malos educadores. Ser maestra le abrió las puertas del trabajo a muchas mujeres. Eso también ocurrió con las enfermeras. En los años cincuenta del siglo pasado se decía que era bueno casarse con maestra. Ella gozaba de estabilidad en su trabajo… En esa época se conocía de acoso sexual de algunas autoridades que tenían que nombrar a las educadoras.
Mi experiencia educativa durante cuarenta y tres años en la Universidad, me permite señalar lo siguiente: de nada valdrán los mejores planes de estudio, facilidades físicas de los salones y los títulos que posea un educador… ¡si el alumno no responde! Por eso hay miles de fracasos al año. Alumnos mediocres que se conforman con la letra “del pase” y no estudian. Esas “manzanas” podridas no deben empañar la labor abnegada de los educadores panameños.
