Opinión - 06/5/17 - 12:00 AM

Acoso real

Por: Carlos Miguélez Monroy Periodista -

Hay quienes minimizan el acoso escolar con argumentos como que existe desde el inicio de los tiempos, de que siempre ha habido “gorditos”, bajitos y miopes con gafas a quienes un grupito ha molestado en el salón de clase. Sin embargo, esta visión de la “naturaleza humana” parece ignorar casos de depresión, de violencia, de lesiones, de secuelas emocionales e incluso de suicidios que se producen en muchos países y que conocemos por los medios de comunicación.

El problema puede sobredimensionarse o distorsionarse si las televisiones se limitan a mostrar sin contexto humillaciones grabadas con teléfonos y multiplicadas por la difusión masiva de redes sociales. Pero esto no descalifica el sufrimiento en silencio de niños y menores, seres vulnerables, y de padres que muchas veces se enteran del problema cuando ya hay secuelas graves.

William Golding retrató la crueldad de un grupo de niños dejados a su libre albedrío en una isla desierta sin adultos en “El señor de las moscas”. Para minimizar el problema del acoso se ha recurrido a esta obra maestra de la literatura para “demostrar” que la crueldad está en la naturaleza de los seres humanos desde que nacen. Sin embargo, esos niños que sobreviven sin adultos al accidente de avión no llegan “en blanco” a la isla: cuentan ya con un bagaje cultural, con unos principios educativos y ya han incorporado comentarios con una cosmovisión adulta en la forma de organizarse, con determinadas relaciones de dominación y de cooperación.

A veces puede resultar determinante el hogar del niño que sufre el acoso cuando a este le falta autoestima y cuando no hay una buena comunicación que sirva para detectar síntomas de abuso.

Los rasguños, las marcas, las risas, las miradas, el aislamiento de determinados alumnos, el rendimiento académico pueden servir como indicadores de casos de acoso. Los profesores pasan tiempo suficiente para detectarlo y cuentan con la autoridad, con los recursos y con la protestad para llevar el caso a los padres y para mediar en el caso. La presencia de psicólogos y mediadores especializados puede contribuir a esa solución, a la mejora en el ambiente escolar y a que los padres, de uno y otro lado, cobren mayor conciencia sobre la raíz del problema.

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