Acoso sexual
Un flagelo silencioso que sufren las mujeres diariamente es el acoso sexual, conducta que además de ser delictiva, constituye una afrenta a la dignidad de las féminas.
Es frecuente escuchar en conversaciones entre mujeres que han sido víctimas de acoso por parte de sus jefes o compañeros de trabajo sin que puedan hacer nada para defenderse de la inmoral acometida por temor a perder sus trabajos.
En el plano laboral, la mujer se ha superado. Cerca del 80% de los egresados de las universidades públicas y privadas del país son damas, que con mucho esfuerzo y tesón han logrado un grado académico superior, con el cual lanzarse al campo de trabajo.
Un alto porcentaje de la mano de obra ocupada lo conforman las mujeres, quienes muchas veces son madres-padres que llevan el sustento al hogar.
Lastimosamente, en muchas empresas y en el sector público no se toman en cuenta las realizaciones de la mujer profesional, sino que las discriminan o les pagan salarios muy por debajo de su capacidad y formación.
No conforme con esta injusta situación, es frecuente que se encuentren con jefes “enamoradores”, quienes descaradamente les ofrecen promoción laboral o aumento de salarios a cambio de favores sexuales.
Estas conductas son delitos castigados por el Código Penal y deben ser denuncias por las mujeres víctimas, pero lastimosamente priva más el miedo a perder el empleo y al descrédito que la justeza del reclamo ante la deleznable conducta.
Acaba de pasar la conmemoración clásica de la mujer a nivel internacional y amén de las muestras de solidaridad y los saludos propios de la fecha, en la práctica no se hace nada para salvaguardar a la mujer de este acoso.
Se hace necesario buscar mecanismos jurídicos para que las víctimas de este delito puedan exponer a sus agresores, sin que ello signifique vilipendio ni escarnio público. Hay que proteger a la mujer del acoso sexual.