Algo más sobre el arte popular
Continuación del artículo titulado "LAS CHIVAS Y EL LOBO" En las chivas, El Lobo combinó paisajes exóticos, montañas nevadas y playas interioranas con los nombres de
Continuación del artículo titulado "LAS CHIVAS Y EL LOBO"
En las chivas, El Lobo combinó paisajes exóticos, montañas nevadas y playas interioranas con los nombres de cantantes, actores, políticos y atletas. El cine y las revistas fueron una fuente de imágenes, igual que las esplendideces de la naturaleza. En una foto de 1941 en National Geographic aparece una de sus pinturas: un jaguar plasmado en el exterior de una chiva y caminando por la jungla. Arriba dice: "La Pantera." En otros casos prefirió usar las letras de canciones o el título de un programa de radio como "Flor de un día", "Amor de otro", "Viajera" y "Pecadora". Rodeó estas insignias con zigzag y colores que las transformaron y las ataron a su nuevo dueño.
La música afro-cubana, que fue tan importante en este momento y que fue estimulada por los soldados y su afán por gastar su dinero en las cantinas y los cabarets de la capital, sirvió para inspirar muchos de los diseños, sus temas tropicales y policromáticos. Por la radio se escuchaban sus compases, interrumpidos por una variedad de bocinas, campanas, timbres y sirenas que ampliaron la gracia de la chivas e invitaron a sus pasajeros a pasar por las puertas. Los buenos choferes, afirmó un periodista, "saben sintonizar a las horas más adecuadas los programas de mambos y guarachas". También ponían los reportajes deportivos, las novelas populares y las noticias. Bromeaban en ocasiones con los viajeros para ligarlos más al ambiente. Las mismas carrocerías eran pequeñas y acogedoras y fomentaron el intercambio entre la gente.
Los interiores se adornaban con baratijas, con plumas, muñecos, banderas y espejos. Se acumularon encima del salpicadero que a veces parecía un altar santero por la diversidad de objetos. La misma tendencia hacia al colaje floreció en las paredes con recortes de músicos, peloteros, caballos, boxeadores y estrellas de Hollywood. No faltaban, por supuesto, las mujeres semidesnudas, cuyas fotos dieron un aspecto provocador a los vehículos. En su esencia, las chivas eran una forma de teatro que funcionaba igual que los soneros, estimulando a su público con su brío y referencias y acorralándolo con sus múltiples candencias. El objetivo era muy caribeño: reducir la distancia entre el arte y sus espectadores e integrarlos dentro del "show". Por estos medios, se desafiaban las estructuras tradicionales, las pretensiones elitistas y exclusión social. En una entrevista que se llevó a cabo en 1942, El Lobo comparó su trayectoria con la vida de un ídolo de la oligarquía. "En Panamá", dijo el orgulloso rotulista, "no hay más que dos artistas, Roberto Lewis y yo".
Para muchos, tal declaración pudiera parecer ridícula, como otro disparate del pintoresco Lobo, y si tenga un elemento de exageración, es importante recordar que El Lobo fue uno de los pintores más conocidos de su tiempo, con decenas de sus creaciones girando en las calles y muchas más colgadas en restaurantes, bares, cines, hoteles y tiendas. Probablemente no había otro artista con tanta presencia entre los panameños. Su producción lógicamente creó a discípulos y un legado para la república: una estética de hibridez, ritmos y drama que siguió manifestándose en los autobuses, y cuyo espíritu de triunfalismo invadió a una cantidad de otros campos. Así que si Lewis quedó con el Salón de los Tamarindos, el Teatro Nacional y los retratos de los presidentes, El Lobo contribuyó a la cultura popular que en Panamá ha demostrado un profundo impacto de las experiencias de los afrodescendientes.
Colaboración de Peter A. Szok, El escritor es autor de Wolf Tracks: Popular Art and Re-Africanization in Twentieth-Century Panama (2012)
