Cada cual atiende su Whatsapp
El mundo se ha convertido en un montón de gente sola que busca sentirse acompañada. La idea no es original. Desde hace más de cien años,
El mundo se ha convertido en un montón de gente sola que busca sentirse acompañada. La idea no es original. Desde hace más de cien años, muchos de los mejores escritores han intentado plasmar el aislamiento de la conciencia escindida, empeño en el que quizá nadie llegó más lejos que Beckett. Pero lo mío no es teoría ni drama existencial, sino pura observación: en la mañana de jueves hay en este bar, unas veinte personas -muchas en grupo, otras sin más ladero que el pocillo de café- y más de la mitad fija la mirada en su teléfono inteligente.
El bar ha sido siempre la posibilidad de huir del trajín del día para mirar pasar la vida tras los cristales. Pues en eso nada cambió. Solo que ahora el cristal por el que pasa la vida es mucho más pequeño y cada cual carga con el suyo. En consecuencia, hoy los bares se han vuelto sitios silenciosos. Nada me gusta más que leer o escribir sobre un colchón de voces hecho de muchas conversaciones simultáneas, en el que ninguna prevalece sobre las demás. Por eso prefiero los bares atestados y ruidosos a los pulcros o desiertos. Hoy ese murmullo incandescente, que acompaña sin ser invasivo, es más difícil de encontrar. Ahora mismo me veo obligado a escribir en medio de un silencio ensordecedor. Y extraño aquel bullicio.
Solo que ahora el cristal por el que pasa la vida es mucho más pequeño y cada cual carga con el suyo...
Alguien debería impulsar una ley para retener los celulares en la puerta de los bares. Pero ni eso evitaría que andemos cada vez más solos en medio de una revolución tecnológica que ofrece una conectividad cada vez mayor. Gracias a ella, y en nombre de la comunicación, dejamos de registrarnos unos a otros en el espacio común de la calle. Muchos caminan de memoria, ajenos al entorno, concentrados en la pantalla de su “smartphone”. La atávica mirada de reconocimiento con el que viene en sentido contrario, en la que dos personas pueden decirse tanto, ya es parte de un mundo en declinación. Algo parecido ocurre en el espacio más íntimo de la casa. Da lo mismo que se trate de padres o hijos. Cada cual en su rincón, con su propia pantalla.
La verdadera soledad es cada vez más difícil de encontrar. Quizá por eso hay más ruido, pero menos conversaciones. Aunque tal vez sea que aprendimos a estar juntos mientras cada cual atiende su Whatsapp. Como esos viejos matrimonios en los que, mientras ella cose, él hace las palabras cruzadas.
