Opinión - 19/11/16 - 12:00 AM

Como un perro sin dueño

Por: Hermano Pablo Reverendo -

«A las cuatro de la mañana

comenzaba a trabajar.

Entonces era un niño de diez años

que ya era un hombre explotado.

»Ganaba ocho lempiras al mes.

Mi trabajo consistía en no morirme de hambre,

en saludar a la patrona y hacerle los mandados,

en no tener siquiera un pan duro que comer a las tres de la mañana.

»Cumplía a cabalidad, obligado (lo juro) por mi madrastra,

la miseria, tan fiel, siempre a mi lado.

Era lo que se llama un buen trabajador.

»Pero un buen día, cuando el invierno me halló sin zapatos

y no sabía qué hacer con un increíble dolor de muelas,

decidí quebrar todo mando,

romper toda cadena que me atara a la humillación.

»Así, con miedo, me encaré al explotador. Le dije: “¡No,

ya no soporto más tanto trabajo!

¡O me paga más o me voy!”

»El santo patrón, hombre de pelo en pecho,

olanchano por los cuatro costados, desde el terror de un revólver

(cuyo frío aún me arde en la cabeza) sólo ofreció matarme si me iba.

»Dos días después robaba dos panes en el mercado

para que la vida no perdiera a su mejor amigo,

y dormía a pierna suelta en la playa

e iba de un lado a otro buscando trabajo, ternura,

la mirada de mamá en todas partes.

Feliz, eso sí, como un perro sin dueño.»

Lamentablemente, con este triste pasaje autobiográfico del poeta hondureño José Adán Castelar se identifican muchas personas a lo largo y ancho de Iberoamérica que han sido víctimas de la explotación en su niñez.