Vía de escape
Unas horas al día son suficientes para olvidar la realidad. “Practico béisbol. He aprendido a comunicarme durante los entrenamientos y a sentirme seguro durante los partidos”, dice Pablo. El deporte es una excusa para abordar los conflictos de fondo en menores en situación de exclusión social. Asumen que la vida plantea situaciones que se ajustan a normas que regulan su desarrollo, utilizan recursos personales para solucionar de manera pacífica sus problemas. Nuevos espacios de relación social en los que pueden desaprender lo aprendido.
Confían en sus compañeros y no tienen miedo ni vergüenza por expresar lo que sienten. Pueden por un instante retirar sus mascaras y armaduras, dejar de ser guerreros de una lucha que nunca debieron librar. El deporte permite dar salida a conductas disfuncionales y lesivas, canalizan su agresividad y su frustración por estar fuera de la dinámica social de manera obligada. Interviene en los procesos de socialización y ayuda a redefinir el carácter. Marco siempre estaba metido en robos y peleas, cuenta cómo el boxeo le sacó de la calle. Encontró una vía de escape.
Incorporan a su rutina diaria las normas del deporte que practican, en la pista sólo hay jugadores. Las fortalezas de unos cubren las necesidades de otros, un equilibrio dinámico y flexible que se adapta a todas las esferas sociales.
La intervención no se reduce sólo a los menores, se trabaja con toda la comunidad. Introducir cambios en la estructura general para apoyar la transformación personal de los chicos y chicas es clave. Cada proceso de cambio exige su propio tiempo y debe adaptarse a las necesidades de cada persona. A veces, vuelven a viejas conductas, recuperan amistades pasadas que les alejan del camino, porque han crecido con la idea de que el mundo era de unos pocos y ellos sólo podían mirarlo. Todos tenemos algo que enseñar y aprender, personas con experiencias desgarradoras pueden transmitir paz a quienes creen sentirse perdidos.
Claudia Brihuega Ortiz/Periodista
