Opinión - 09/10/14 - 12:30 AM

Denuncia y traficantes de influencias

Redacción

En 1987 las declaraciones de un exmilitar encendieron al país y en su clímax más alto de convulsión social, vino la invasión norteamericana del 20 de diciembre que tanto luto y dolor le trajo al país.

Algunos dieron la bienvenida a la invasión gringa, porque dijeron que traía consigo la democracia, es verdad, porque en cierta forma abrió el marco para que el pueblo eligiera libremente a su gobernante, pero también trajo sus lacras: los traficantes de influencias.

Y es que no es un secreto que en Panamá empezó a funcionar un grupo de influyentes abogados denominado “Club La Llave” que, a cambio de un porcentaje, descongelaba cuentas y lograba destrabar restricciones sobre propiedades en el Registro Público.

Más de 20 años después, es fácil distinguir a esos mismos sujetos arropados en grupos de presión política, conocidos como la “sociedad civil”, quienes enarbolan consignas de adecentar y lanzan gritos de “fuera” contra funcionarios, pero en el fondo ese ataque es la bandera para el acomodo propio.

Estos nefastos personajes se mimetizan junto a otros que quizás tienen una real buena intención y presentaron la denuncia que busca decapitar a un magistrado de la Corte Suprema de Justicia.

Que investiguen a Moncada, claro que estamos de acuerdo con eso y si es culpable que se le condene, pero que también investiguen a los que se hicieron millonarios desde sus bufetes abogadiles traficando influencias en la década de los 90 y que hoy se presentan como paladines de la justicia.

Moncada deberá enfrentar un juicio político más que jurídico, pero lo que no es correcto es que se le someta a una especie de inquisición donde, sin juicio previo, ya ha sido condenado a la hoguera con el agravante de que quienes están en primera fila con las antorchas son unos diablos.