Dolor
M e ha dado dolor no haber escuchado hace días el canto de las cigarras. Cuando niño, en la calle primera Parque Lefevre, sabíamos que venía la Semana Santa al oír el canto melancólico de las cigarras. El sol no se veía tan luminoso. Los chiquillos nos divertíamos cazando a las cigarras que trataban de ocultarse en las ramas de los árboles. Los animales más viejos eran de un color chocolate y cantaban más fuerte. Algunos jóvenes de color verde estaban como aprendiendo a emitir su canto. Alguien nos decía que estos insectos salían de la tierra y con su canto adoraban a Dios. Varias veces mi hermano Orlando y yo amarrábamos hilo de coser a las cigarras que capturábamos, paseándolas por la calle como si fueran perritos.
De pequeño no entendíamos por qué los adultos hablaban bajo en la Semana Santa. Estaban prohibidos los gritos y las peleas. Pues irrespetaban la seriedad con que se conmemoraba la muerte y resurrección de Jesús. Recuerdo como si fuese hoy cuando la tía Elida nos agarraba de las manos y a la fuerza nos llevaba a recorrer las siete iglesias. Después de la tercera comenzábamos a patalear diciendo que todas eran iguales y queríamos regresar a la cacería de las chillonas cigarras. Mamá nos obligaba a caminar una procesión y a callarnos a cada momento. Chiquillos traviesos aprovechábamos la ocasión para hacerles muecas a las niñas cercanas. Y a veces les pisábamos las faldas de pura maldad.
Como hijo mayor al tener más años tuve una nueva obligación de Semana Santa. Tenía que llevar al cine a la regordeta abuela Teresa. Al principio me costaba subirla al bus, pero la anciana no se quejaba. Para ella cumplir con las costumbres religiosas era pasar horas en el cine viendo películas sobre este acontecimiento. Más de medio siglo después es difícil escuchar las cigarras en estas fechas porque los hombres han destruido numerosas hectáreas de bosques. El modernismo actual tiene muchas comodidades, pero pocos árboles se ven en las calles y la mayoría de las casas no tienen un pedazo de tierra donde puedan vivir y cantar las cigarras. Después nos quejamos de que los ríos se están secando por la torpeza de algunos que cortan los árboles de sus orillas y obstaculizan sus aguas con la excusa de la electricidad barata.
Ninguna tecnología de punta, ni videos a colores y sonido especial podrá quitarme de mi mente el canto de las cigarras de mi niñez que anunciaban la Semana Santa.
