Opinión - 05/4/15 - 12:00 AM

Domingo de Resurrección

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Un día como hoy, hace más de dos mil años, Jesús fue levantado a la vida. Con este último misterio –el de la resurrección– culmina para los cristianos católicos el drama de la Semana Santa, que también es un tiempo de reflexión y serena espera.

Jesús se levantó como el Señor de toda la creación que él es, y solo le tomó unos pocos momentos para poner las cosas en orden; se levantó como un héroe conquistador de almas y corazones y salió caminando de la tumba como si fuera el dueño del lugar. Porque él lo es.

El Hijo de Dios tomó unos pocos momentos para darnos un pequeño atisbo al hecho de que siglos antes de la cruz y de la tumba, la creación fue estropeada por el pecado. Comenzó como una espiral de desorden donde arriba era abajo e izquierda era derecha.

Él salió de la tumba y anunció que a esa creación estropeada había que ordenarla en un camino, el camino hacia la luz.

Como todos los años, la resurrección de Jesús es la señal de la esperanza y la promesa de que no todo está perdido y que debemos sostener firme nuestra fe hasta que nos toque el momento de contemplar la luz de su infinita bondad.

Como nación imbuida en el espíritu cristiano, nos toca reflexionar sobre la esperanza y la promesa de Jesús, que toma cuerpo en este Domingo de Resurrección.

Como sociedad, debemos hacer el esfuerzo por ser más solidarios con nuestros semejantes, menos egoístas, más honrados.

Nuestros gobernantes deben predicar con el ejemplo, dejar a un lado el doble discurso, la persecución y la justicia selectiva.

En fin, ser más solidarios y hermanos todos, gobernantes y gobernados.