El huérfano y la viuda
—Mamá, Luis eh... huérfano, ¿verdad? No eh hijo suyo... —¡Luis eh, mihijo [Juanita]! ¡Eh, mihijo! —Sí, mamá, ya sé. Eh como si fuera su hijo.
—Mamá, Luis eh... huérfano, ¿verdad? No eh hijo suyo...
—¡Luis eh, mihijo [Juanita]! ¡Eh, mihijo!
—Sí, mamá, ya sé. Eh como si fuera su hijo. Pero eh hijo de mi padre y de...
—¿Y tú, cómo lo supihte, [Juanita]?
—En el barrio la gente hablaba...
—Y te lo tenían que decir a ti. ¡La gente eh mala, mala!
—¿Y por qué no habla con él [mamá]?
—¿Y qué voy a decirle? Tengo mieo de que puea adivinar mah de la cuenta.
—Pero él ya sabe...
—Lo que él adivina no eh mah que la mitad. Pero no sabe la verdá, toa la verdá.
—¿Qué verdá, mamá?
—Tu pae tuvo una quería anteh de casarse conmigo. Poco dehpuéh del casorio me dijo que tenía... un hijo de ella, que si yo quería criarlo, él lo reconocería y le daría nombre. Le dije que sí. Lo trajo y lo bautisamoh como si fuera nuehtro. La mujer aquella se enquerió con otro, y un día me la encontré en el pueblo. Me dijo entonseh una cosa tremenda. Que Luis no era hijo de mi mario, que ella ehtaba encinta cuando conoció a mi hombre. Dende entonseh toa mi vida la dediqué a evitar que el difunto se enterara de la verdá. Porque pa él, con lo agentao y pretensioso que era con lah mujereh, eso hubiera sio un gorpe terrible. Y murió sin saberlo. Murió queriendo a Luis mah que a ninguno de uhtedeh.
—¡Mamá, uhté eh una santa!
—¡Una santa! ¡Una santa! Si hubiera sio una santa hubiera podío jaser el milagro de darle la felisidá a ese hijo mío. Hubiera podío jaser que no sintiera la farta de una madre. Pero Luis siempre ha sio un huérfano. ¿No lo veh perdío en ehte mundo que no eh el dél? ¿No te dah cuenta que se la pasa buhcando, como un cabrito perdío que no encuentra a su madre?
—¿Será eso lo que buhca..., mamá?
—No sé [Juanita]. No sé. Solo sé que se me ehtá volviendo loco. Loco de pena porque no encuentra lo que buhca.
En este drama puertorriqueño que lleva por título “La carreta”, el autor René Marqués presenta a las mujeres de la familia campesina que lo protagonizan. Es extraordinaria y conmovedora la ternura con que doña Gabriela trata a Luis, su hijo de crianza. Solo le falta comprender que el Dios Santísimo, por el que jura su hija Juanita, es lo que Luis busca, sin encontrarlo. Porque Dios es padre del huérfano, y se compadece de él y lo ayuda. El Padre celestial defiende la causa del huérfano y de la viuda, y los sostiene.
