Opinión - 03/10/14 - 11:13 PM

Encontrar el verdadero ‘yo’

Cuando andamos perdidos de nosotros, a menudo nos encontramos en los espejos de otros reflejos nuestros que nos devuelvan nuestra imagen y , muy a menudo, solo

María Guerrero

Cuando andamos perdidos de nosotros, a menudo nos encontramos en los espejos de otros reflejos nuestros que nos devuelvan nuestra imagen y , muy a menudo, solo encontramos que esos espejos ofrecen la imagen distorsionada que no se corresponde con quienes somos, pero que es la que pretendemos aparentar.

A través de un proceso de búsqueda abrimos los ojos y nos damos cuenta de las máscaras que utilizamos para conseguir aprecio; que al estar tan pendientes de los demás, al vivir escapándonos en tanto hacer, hacer y hacer, nos instalamos en la rutina y nos perdimos de nosotros creyéndonos nuestras propias mentiras.

Encontrarnos con nuestro verdadero yo es un proceso de trabajo personal, de un despertar del letargo y de costumbres establecidas. Para situarte en tu “aquí” y tu “ahora” puede ayudarte realizar una revisión de la línea de tu vida. Sea como haya sido tu vida, sean cuales sean las dificultades que hayas tenido, piensa que si no hubieras sido valiente para enfrentarlas, si no hubieras tenido esas vivencias, no serías quien eres hoy.

Resuelve asuntos pendientes, ordénalos por el orden que prefieras, ponles fin y acepta que habrá otros que no dependan de ti o sencillamente que no se puedan solucionar.

Cuando creces, aprendes a llamar a las cosas por su nombre, ya no necesitas esconderte tras las fachadas mentirosas que habías creado para camuflar lo que no aceptabas o no te gustaba de ti. Aprendes a aceptarte tal como eres, a ser amable con tus defectos y tus limitaciones como partes también amadas.

Vivimos como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo, como si nuestra vida no se fuera a terminar nunca. Darnos cuenta de que no somos infinitos, de que la vida tiene un principio y tiene un final, es un signo de madurez personal, que nos ayuda a valorar las cosas como son. Aprendemos así a aceptar a los otros sin intentar cambiarlos, a darle a las cosas la importancia que tienen, sin hacer montañas de granos de arena, y te liberas para vivir cada momento como único.