Opinión - 27/12/16 - 12:00 AM

Escándalo

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Sabido es que la clase política no goza de la simpatía popular, sobre todo los diputados de la República, que con sus acciones u omisiones parecen haberse convertido en una casta por encima de la ley.

Se entiende que deben tener algún grado de inmunidad en el ejercicio de sus funciones de expedir leyes, toda vez que es lo que les permite actuar con un grado de independencia, frente a los vaivenes de la política partidista.

Empero, este privilegio no debe convertirse en una patente de corso para conductas impropias, deleznables y abusivas en las que incurren.

En Panamá hemos visto de todo con los diputados, desde escándalos públicos, hasta peleas, pasando por frases subidas de tono, problemas de pensiones alimenticias, accidentes de tránsito en los que han estado involucrados, sin mencionar las denuncias penales que en su contra se presentan.

De las diputadas ni se diga, hay por allí una que no tiene empacho en mostrarse ligera de ropas en un programa para adultos, filmarse bailando dando la impresión de que está bajo el efecto de bebidas embriagantes; otras que irrespetan a las autoridades administrativas y policiales, y… para qué seguir.

Lo cierto es que el diputado tiene una alta misión dentro de la conformación de los poderes del Estado y es la de legislar, es decir, hacer leyes.

Por ello resulta censurable la conducta pública de algunos “padres y madres de la patria”, quienes no entienden que por ser funcionarios elegidos por el voto popular, deben tener una conducta prístina y sin mácula.

La opinión pública nacional tiene el ojo puesto en la conducta de los políticos, sobre todo, de los que conforman el Órgano Legislativo, por lo que deben observar un comportamiento acorde al cargo que ocupan.

Los diputados deben entender que ellos no están por encima de la ley y que si gozan de privilegios, deben administrarlo juiciosamente, ya que así como los tienen los pueden perder, por la censura del pueblo expresada en las urnas.