Escuchar con el corazón
Hace años que un maestro me enseñó a escuchar con el corazón, el leb shomá del joven Salomón. Hacerse uno con las personas que nos acogen y sintonizar aunque los idiomas parezcan distintos. Hemos perdido el placer de conversar sin tiempo y saborear los silencios. Siempre viene a mi mente un viejo haiku atribuido a Basho, pero que no es suyo: “No decían palabra el anfitrión, el huésped y el crisantemo”… ¿Qué habían de decir? ¿Estropear con un ruido del presente la música de lo eterno? Pero en este presente nos va la vida y saborearla es vivirla con plenitud: “Vivir con modestia y pensar con grandeza”, como sugería Wordworth. O como, con palabras del ermitaño Kenko (s.XIV), se preguntaba el novelista y poeta Ueda Miyoji, poco antes de morir “¿Cómo es posible que los hombres no se alegren cada día por el placer de estar vivos?”. Y añadía: “Es preciso vivir cada día plenamente, como si cada día valiera su peso en oro”. “¡Hagamos tiempo para el ocio! ¡Y vivamos un día como si fueran dos!”
Cuando los voluntarios sociales viajamos a las regiones de los pueblos empobrecidos del Sur ponemos todo el empeño en respetar sus tradiciones culturales y religiosas. Para ello nos preparamos con tiempo. Un viaje a un lugar desconocido no se puede improvisar sin riesgo de ofender a alguien. Y es preciso escuchar, porque los encuentros sólo se producen una vez en la vida. Todas las despedidas son eternas porque la repetición es imposible. La vida sólo ocurre en el presente y mientras no sepamos vivir cada instante como si fuera único, corremos peligro de no vivir la vida en toda su plenitud. Kenko repetía sin cesar: “Las personas que temen la muerte deberían amar la vida”.
Y si nosotros dejamos de hacer ese poco ahora, quedará sin hacerse eternamente, por muchas otras cosas que podamos hacer después.