Fundamentalismo y justicia
Históricamente, quienes dicen ejercer el poder usando el nombre de una creencia religiosa --en la práctica-- actúan abusando de su posición, y utilizan la religión para legitimar su inmoral y antidemocrático accionar.
Lo hemos observado en los fundamentalismos que permean todo el espectro religioso mundial, desde los asesinos que actúan interpretando perversamente el Corán, que es un libro de amor, hasta aquellos que en nombre de Cristo asesinan a sus hermanos.
Por eso debe concitar la preocupación ciudadana cuando una alta funcionaria, que instruye expediente y tiene la potestad para decretar detenciones preventivas, dice actuar “en nombre del Espíritu Santo”, cuando no en nombre de la legalidad y el debido proceso, que debiera ser su norte.
Ejemplos sobran de actuaciones arbitrarias y hasta letales de gente que dice que se pone en manos del “Espíritu Santo”.
Lo vimos con la secta de los Davidianos en la masacre de Wako, con Jim Jones y su “templo del Pueblo” en Guyana, así actuaron las hordas asesinas de los generales Augusto Pinochet y Efraín Ríos, cuando combatían el comunismo, según ellos, “encarnación del diablo”.
Es peligrosa esa combinación de religión con política. La historia lo ha demostrado y lo sigue demostrando.
La política y la administración de justicia son actividades humanas totalmente despojadas de matices religiosos.
Si permitimos que la mentalidad seudorreligiosa se instale en los fiscales del Ministerio Público, en cabeza de la procuradora Kenia Porcell, tendremos que reemplazar el debido proceso y la presunción de inocencia, por las ordalías y juicios de Dios y el Código Judicial por la Sharia.
Podemos decir, entonces, parafraseando al revolucionario francés Jacobo Danton: “Religión, religión, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”.
