Gobernar es trabajar
Cuando a Juan Carlos Varela lo sorprendió el triunfo o regalito de Pinilla (eso todavía está por verse), empezó a planear lo que sería un gran gobierno. Primero a lo primero. Celebrar ese gran acontecimiento salvador de la patria, porque el mesías político que tanto esperamos, finalmente había llegado. Su victoria celestial ponía fin al régimen del villano que, con mazo en mano, obligó a los poderosos a pagar impuestos. Ya la sociedad (alta) podía despertar de esa pesadilla. Discursos alentadores sobre justicia y prosperidad engalanaban los salones de reuniones y fiestas de los más prestigiosos hoteles de la ciudad. Opíparos bufetes en los mejores restaurantes del circuito gastronómico presagiaban un futuro brillante para el libertador y su pueblo. Las burbujas del champagne nunca fueron más efervescentes y los cristalinos candelabros jamás resplandecieron tanto.
Varela se rodeó de un exquisito Gabinete y un selecto equipo de trabajo. Los aplausos en su toma de posesión se escucharon hasta lo más alto de la Corte Suprema de Justicia, contrastando trágicamente con los abucheos de aquellos que cargaban sobre sus hombros el estigma del mal. Pero estos hábiles personajes no tardaron en sacudirse esa “caspa” elucubrando la entrega de la cabeza del “GRU” panameño en bandeja de plata.
Tanto la euforia como el clin clin de las vajillas “vintage” se fueron apagando, y el 1 de julio de 2014, las efemérides acabaron. Fue cuando Juan Carlos Varela y su distinguida élite oficial se dieron cuenta de un pequeñito detalle, que jamás hubieran imaginado si alguien no se los advierte. Gobernar es trabajar. Frente a esa cruda realidad, el día 2 de julio de 2014 empezó el principio del fin de la historia de amor político más corta de la historia. Los efectos no se sintieron enseguida porque venían impulsados por la inercia del malvado. Esos hoteles y restaurantes que festejaron el advenimiento, cada vez más añoran lo que despreciaron. Las cajas registradoras extrañan la ordinaria musiquilla del chin chin y tan delicadas finesas son hoy el símbolo del peor fracaso político y económico desde la invasión. Ese triunfo o regalito electoral nos salió caro. Muy caro. Soy una eterna optimista. Varela y su elevada cúpula gubernamental todavía pueden bajar y tocar tierra para cambiar su percepción si aplican el sabio proverbio del obispo san Agustín: “Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti”. Pero conociéndolos, no lo harán.
¡2019 a la vista!
