Opinión - 02/3/17 - 12:00 AM

Habilidades sociales

Por: J. C. Gª Fajardo Centro de Colaboraciones Solidarias -

A veces, el lenguaje nos ayuda a reformular la realidad o a perpetuarla en sus vicios. Cuando expresamos el mensaje de nuestro interlocutor con otras palabras parecidas, podemos ayudarlo a buscar un nuevo enfoque en la solución. Una persona mayor nos puede decir: “mi hija es una descastada y una indeseable que nunca se acuerda de mí”. Nuestra respuesta no puede reafirmar esa opinión porque ahondaríamos el abismo entre madre e hija, e incluso podría meternos en un problema con la familia. En realidad, nuestro cometido será tratar de recomponer lazos.

El error más frecuente de quien reformula consiste en reproducir fielmente la opinión de la otra persona. En el ejemplo que nos ocupa, se podría “meter la pata” respondiendo: “Sí, ya la comprendo, me doy cuenta de que su hija es una desgraciada que se ha olvidado de usted”. Y algunos voluntarios terminarán con una fórmula fatal: “…pero no te preocupes, ya estoy yo aquí que vendré a verte”. De este modo, solo conseguimos soliviantar más los ánimos de la otra persona, sin provocarle ningún alivio emocional y pocas compensaciones prácticas.

Si tenemos oportunidad, es muy ventajoso conocer de antemano los centros de interés de la otra persona.

En general, se recomienda la utilización de preguntas abiertas (¿Y qué ocurrió?, ¿cómo se siente?, ¿por qué le afectó tanto aquel asunto?…) más que las cerradas (¿Cuántos años tienes?, ¿dónde has ido esta mañana?, ¿qué enfermedad tienes?, etc.). Las preguntas abiertas dejan más libertad al otro para dar una respuesta con la que se sienta cómodo; en unos casos precisará y dejará en el aire aspectos desagradables en los que no quiera entrar.

En el campo de las habilidades sociales, los voluntarios somos aprendices que debemos movernos con prudencia, cautela y humildad.

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