Opinión - 21/9/14 - 02:51 AM

I saac Leonardo Benítez 1927-1968

Parte final del Editorial diario la “CRÍTICA” 11 DE NOVIEMBRE DE 1968. Titulado: LA AGONÍA DE LA CULTURA. Por eso no debe hablarse más de

Por: José Morales Vásquez | jose10w@yahoo.com

Parte final del Editorial diario la “CRÍTICA” 11 DE NOVIEMBRE DE 1968.

Titulado: LA AGONÍA DE LA CULTURA.

Por eso no debe hablarse más de la suerte de Benítez, porque las lamentaciones no remedian los males. El camino es hacer que el Estado adopte las medidas necesarias para que el trabajo intelectual y el pueblo no sigan divorciados: hacer que el trabajo intelectual llene una función y satisfaga la gran necesidad de cultura que padecemos.

En esa forma resolveremos el problema de nuestro atraso y la penosa, y a veces trágica, situación en que se debaten los intelectuales y artistas panameños. Porque después de todo lo que se ha dicho y después de todo lo que hemos padecido, no hay excusa para que esta vergonzosa situación siga repitiéndose hasta la eternidad, en perjuicio de los individuos y en menoscabo de la nación. Finaliza el artículo.

Este artículo es tomado de “La Estrella de Panamá”, domingo 12 de febrero de 1989. Página A/16.

Artículo titulado: VALORES DEL ARTE -ISAAC BENÍTEZ-. Por: Ricardo J. Robleto.

Ahí estaba, en medio de su taller, el soberbio pintor. Todo el mundo podía verle alto, flaco, anguloso y negro, con su camisa roja de rayas blancas y su tupida barba, entre multicolores telas depositarias del talento de aquel genio incomprendido y enajenado. Imagínenlo esclavo de sus nervios, víctima de su locura florentina y pobre como un desposeído. El estudio de las bóvedas era un lugar hermoso, donde en las tardes resonaban las correrías de los niños y por las noches los cantos de amor de los enamorados.

En esas grutas estaba el pintor. El que subieron amarrado a un barco por haber perdido la razón en Italia, en Florencia.

En ese entonces nadie sabía lo que era un taller de pintor. Aunque muchos lo veían.

Un día el artista tuvo lucidez y viendo que el pan faltaba y que el taller estaba lleno de telas salió con una de tantas a buscar pan a la calle.

Benítez salió y produjo un revuelo con sus cuadros. ¡Qué es esto! ¡Qué significa! Se adivinaban en la tela misteriosas luces. Volvió al taller con las manos vacías –Se puso a meditar su necesidad. ¡Buena idea! ¡Buena idea¡.

Corrió a la catedral, era el corazón intelectual, concurrían las más lindas mujeres y los hombres más elegantes. Por esa época se sentía el progreso en las calles y en los moradores del área. Subiéndose al kiosco que estaba en el centro del parque comenzó: Señores soy Isaac Leonardo Benítez, pintor orgulloso, pero muy pobre. Advierto que amo al abstracto figurativo. Mis paisajes no les desagradarán porque tiene una luminosa sombra, evocando misterios futuristas. Mis cuadros son eternos. Además, acabo de venir de Florencia. Tengo muchas cosas he dicho. En los alrededores ocurría lo siguiente: Deseo – decía una rica hebrea- deseo que vayas a traerme algo digno de mí, al taller de ese pintor famoso.

Continúa.