Opinión - 11/3/17 - 12:00 AM

La corrección política produce monstruos

Por: Pablo Blázquez Editor de la revista Ethic -

En un artículo publicado en “The New York Times”, la periodista Judith Shulevitz narraba un episodio delirante ocurrido hace un par de años en la Universidad de Brown, cuando un grupo de alumnos organizaron un debate abierto en torno a un problema tan sensible en un campus como las agresiones sexuales. La respuesta del batallón de la corrección política, cuya génesis está precisamente en las universidades norteamericanas, no se hizo esperar: había que cancelar el acto y censurar las ideas que iban a exponerse para proteger a aquellas víctimas cuyos sentimientos pudieran verse ofendidos. Las autoridades académicas tuvieron el buen juicio de no suspender el debate, como tantas veces ha ocurrido ante la denuncia de alguno de esos estudiantes tan intransigentemente cándidos, pero se esforzaron de forma ridícula para contentar al “lobby” de la corrección política: crearon un “safe space”, es decir, un espacio seguro donde cualquiera que se sintiera aturdido por las ideas expuestas pudiera cobijarse. Ese espacio, según relató Shulevitz, resultaba de lo más surrealista: música relajante, cojines, caramelos y galletas, juegos de plastilina y cuadernos para colorear. Por si os habéis perdido: no se trataba del jardín de infancia Brown, se trataba de la Brown University, una de las más antiguas de Estados Unidos.

Es un capítulo más que ilustra esa fiebre “naif” de la corrección política que se ha instalado en Occidente hasta convertirse en una nueva forma de censura y oscurantismo. En un interesantísimo y certero artículo titulado «¿Tendrá razón Clint Eastwood? Hacia una sociedad adolescente», el director de opinión de Voz Pópuli, Javier Benegas, y el profesor Juan M. Blanco, advierten: «En su esfuerzo por hacer sentir a todos los estudiantes cómodos y seguros, a salvo de cualquier potencial “shock”, las universidades están sacrificando la credibilidad y el rigor del discurso intelectual, reemplazando la lógica por la emoción y la razón por la ignorancia. En definitiva, están impidiendo que sus alumnos maduren».

El pensamiento infantil que envuelve lo políticamente correcto cree que el monstruo desaparecerá con solo cerrar los ojos. Pero resulta que no. Resulta que el inconsciente colectivo desea obscenamente reventar las costuras de la corrección política. Es algo de lo más freudiano y, cuando la venda cae de los ojos, se ha producido un ejercicio de exorcismo político inverso: Donald Trump es el presidente de Estados Unidos, el Ku Klux Klan quema unas cruces para celebrarlo, Otegui quiere ser Nelson Mandela y Marine Le Pen está cada vez más cerca de asaltar los cielos elíseos. Quizá Clint Eastwood tuviese razón.

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