Laguna
M e oculté en unos arbustos para que el pez no me viera. Años después yo mismo me reía de la ridiculez que hice. Fui víctima de una de las numerosas leyendas urbanas que en los últimos 60 años escuché sobre la laguna de San Carlos. Por años la conocí por la laguna de Arnulfo. El curioso exmandatario construyó una casa cerca de la laguna. Y allí comenzaron varios cuentos misteriosos sobre ese lugar. De niño oí que esa laguna fue escogida por el doctor Arias porque tenía una posición especial para realizar actividades místicas. Crecí oyendo otras historias de este sitio.
Una de ellas indicaba que la laguna no tenía fondo. Otra que en ciertos momentos salían luces del agua. Se hablaba de diferentes peces en ese enorme espejo de agua. Ya de adulto, escalando el cerro Picacho, que queda a orillas de esa laguna, unos campesinos me hablaron de un extraño y enorme pez que habitaba ahí. Juraron que lo habían visto al terminar el día y medía más de dos metros. Mi curiosidad periodística me llevó una vez a esconderme entre unas matas para descubrir el sobrenatural animal marino. Luego de un poco de minutos y ante las primeras sombras de la noche, me tuve que retirar decepcionado.
Pensé que unos campesinos bellacos me habían tomado el pelo... o era producto del reflejo del sol. Por años, los restos de la casa del doctor Arnulfo Arias se podían ver entre la maleza. Al subir al cerro, varias veces encontramos culebras y garrapatas agresivas. La brisa fresca y el hermoso panorama de ver hasta el océano Pacífico no me hacían olvidar las leyendas que rodeaban el lugar lleno de misterio. Estaba abandonado. Repleto de hierba. Era un bebedero para el ganado. Nunca vi a nadie bañándose en sus aguas oscuras.
La semana pasada, quedamos impresionados por el cambio que tiene este sitio. Era sábado y decenas de carros obstaculizaban llegar a la orilla del lago. Donde antes se miraba maleza y respiraba el misterio, ahora vimos un centro turístico manejado por un grupo de personas de la comunidad. Chiquillos valientes nadaban libremente en las aguas que decían tenía algas peligrosas. Algunos acampaban sin importar que les saliera la Tulivieja como decían años atrás. Nos dijeron que hay catorce especies de peces para el consumo humano y que pueden ser pescados.
Aunque conocían la leyenda del enorme pez, se preocupaban por cocinar los pequeños. Era un ejemplo de turismo interno que pocos conocen. Ojalá la Autoridad de Turismo respaldara estas iniciativas. Confieso que me dolió que se acabaran las fantasías sobrenaturales que mi mente mantuvo por muchos años de esta laguna.
