Libro del Adviento
Cuánta falta me hace hablar con Dios, contarle mis inquietudes.
Cuando surge en mi alma este deseo incontrolable de verlo y decirle cuánto lo amo, voy a misa. Al terminar, me acerco al Sagrario y le hago compañía a mi amigo de la infancia, mi mejor amigo. "Él te ve y Él te oye".
Es una experiencia sorprendente.
No conozco a nadie que visite a Jesús y salga igual. Él lo transforma todo, renueva tu vida, así como lo hizo con la mía.
Anda, visita a Jesús en algún sagrario y dile: "Aquí estoy. Vine para decirte que te amo. Quería que lo supieras, Jesús. Gracias por todo lo que haces en mi vida. Te amo, Jesús".
No imaginas cuánto se va alegrar.
Ahora, en silencio, nos quedaremos un rato acompañándolo, que no se sienta solo.
Y antes de irnos, otro: "Te quiero, Jesús", que nunca son suficientes.
DICIEMBRE 20
Me vienen imágenes de la Navidad en mi infancia. Qué días más bellos. Todo me sorprendía. Había en la Navidad algo que llenaba de forma especial mi alma infantil.
Mi papá era hebreo; mi mamá, católica. Y celebrábamos la Navidad con sencillez y alegría.
Veíamos películas del Nacimiento de Jesús, al aire libre. Había dulces, villancicos...
Vivía sin preocupaciones, emocionado por la cercanía de la Navidad.
Extraño esa emoción: "Viene la Navidad. ¡Va a nacer Jesús!".
Qué maravilloso sería volver a sentirla... emocionarnos por el advenimiento y no por otras cosas.
Es el regalo que le pediré a Jesús este año: Pureza de alma, sencillez, disfrutar cada momento y vivir la Navidad como en aquellos días de la infancia en familia, en paz.
