Opinión - 01/3/17 - 12:00 AM

Luces

Por: Josefa Marín Rubio Periodista -

Salió de la nada... de aquella oscuridad que parecía una enorme boca de lobo rodeada de misterio. Venía a lo lejos hacia mí sin prisa, pero decidido a causarme temor. En mi mente el miedo no era mi prioridad, mi primer pensamiento era con mi necesidad de cuidar mi propia vida, lo que hacía no era un juego, aunque sea placentero hacerlo. Es cuestión de responsabilidad. Seguía mirando aquel par de ojos iluminados. Mi disciplina diaria me permitía actuar con prudencia. Comencé a jugar en mi imaginación que quizás era un dragón escapado de algún cuento medieval. Mejor aún, unos faros con alas viajando hacia el encuentro con los barcos en medio del mar... o los famosos cocuyos que se veían por la noche allá en el campo del interior de nuestra tierra, de esos parajes perdidos por las montañas panameñas.

Seguía en medio de la negrura del camino con aquella extraña compañía que se dirigía a mi encuentro, pasaban los segundos, esos inmensos ojos continuaban avanzando sin piedad. A veces desaparecían y como un acto de magia reaparecían para intrigarme más. Su presencia, sin embargo, me daba alivio. Me hacían sentir acompañada, menos solitaria. De verdad que era extraño aquel viaje. Se me ocurrió por un momento que podía ser hasta una nave espacial que había traspasado los límites del recóndito espacio para hacerme ver que había gente igual a nosotros. Solté una carcajada por tanta y febril idea. Cuentos de niños me dije.

La verdad que ya habían transcurrido varios minutos y aún nada de los seres de otra galaxia, volví a sonreír y revisé mi reloj. Seguía la marcha de forma tranquila, cuidada solamente por Dios. Dejé atrás mis pensamientos y mantuve serena mi fértil imaginación. Llevaba media hora en esa “calma chicha”, como dicen los marinos, cuando de pronto... frente a mí estaban dos llamaradas que casi me cegaban sin importar que me lastimaban tanto que hicieron llorar mis ojos del ardor ante tanta luminosidad... Tuve que ejecutar una rápida maniobra evasiva como si fuese una gacela huyendo del feroz cazador para evitar una tragedia.

Asustada y molesta me detuve a unos metros del sitio donde sucedió aquel impredecible encuentro y alegrarme de mi fortuna y buenos reflejos que ayudaron a impedir aquel fatal colapso. Por suerte pude escapar de esas terribles luces de neón del auto que se me venía encima y que en más de una ocasión tuve que encontrar a todo lo largo de la carretera por la cual transitaba. Una odisea diaria de los conductores de ahora en este país, en el que muchos conducen con luces altas sin importarles con la vida de otros automovilistas.

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