Opinión - 20/11/14 - 12:51 AM

Paquito

Cubierto de jiras, al ábrego hirsutas al par que las mechas crecidas y rubias, el pobre chiquillo se postra en la tumba;

Hermano Pablo

Cubierto de jiras,

al ábrego hirsutas

al par que las mechas

crecidas y rubias,

el pobre chiquillo

se postra en la tumba;

y en voz de sollozos

revienta y murmura:

«Mamá, soy Paquito;

no haré travesuras».

Y un cielo impasible

despliega su curva.

«Buscando comida,

revuelvo basura.

Si pido limosna,

la gente me insulta,

me agarra la oreja,

me dice granuja,

y escapo con miedo

de que haya denuncia.

«Me acuesto en rincones

solito y a oscuras.

De noche, ya sabes,

los ruidos me asustan.

Los perros divisan

espantos y aúllan.

Las ratas me muerden,

las piedras me punzan...

Mamá, soy Paquito;

no haré travesuras».

Y un cielo impasible

despliega su curva.

«Papá no me quiere.

Está donde juzga

y riñe a los hombres

que tienen la culpa.

Si voy a buscarlo,

él bota la pluma,

se pone furioso,

me ofrece una tunda.

A este conmovedor poema, que ha formado parte del repertorio de declamadores y festejos de las escuelas primarias desde que se publicó a comienzos del siglo veinte, el excelso poeta veracruzano Salvador Díaz Mirón simplemente le puso por título «Paquito».

¡Cómo nos parte el alma la trágica figura de Paquito! Su desgraciado padre, tan indiferente e imperturbable como el cielo impasible, es incapaz de sentir el dolor del hijo al que ha abandonado a un destino de miseria no solo física, sino también emocional, ya que ese hijo hasta se siente culpable de la muerte prematura de su querida madre. Pero gracias a Dios, su Hijo Jesucristo comprende a todos los Paquitos del mundo. Habiendo sufrido, como ellos, el abandono de parte de los suyos, Cristo les muestra compasión ofreciéndoles ayuda en el momento que más la necesitan. Basta con que se la pidan para que la reciban.