Opinión - 05/12/16 - 12:00 AM

Perdón, pero no creo

Por: Rómulo Emiliani Monseñor -

No creo en un dios que se complace y adormece con ceremonias de incienso y cánticos casi angélicos pero hechos sin devoción. Tampoco creo en un dios pendiente de un culto hecho sin pasión y amor y que bendice copiosamente al que más “limosna da al templo” si la intención es solo brillar ante los demás porque “ya recibió su paga”, así como no creo en el Dios que calmaba su ira con sacrificios humanos en los antiguos templos, o que perdonaba pecados por el ofrecimiento sangriento de animales.

No creo en un dios que manda a matar a los otros por demostrar la auténtica fe o para rescatar lugares santos, o que ahora decide destruir antiguas esculturas de otras religiones para preservar la pureza de una tradición.

No creo en un dios que te dice que solo está en una religión o que lo encuentran exclusivamente en un santo lugar. No creo en un dios que declara “guerra santa” y hace llamar infieles a los que no lo adoran como Creo en el Dios que es más grande que el universo y no necesita de nuestras ceremonias para saber que “ÉL ES EL QUE ES”.

Creo en el Dios que se complace contemplando la belleza de un niño dormido en un cartón en el piso de tierra de una casa de techo de paja y que le recuerda a su Jesús nacido en Belén.

Creo en el Dios que se encuentra a gusto en la celebración de misa en capilla pobre de un barrio cualquiera, donde el viejo sacerdote y cuatro mujeres, quizá más ancianas que él, balbucean las sagradas fórmulas y rezan por el hijo perdido en el licor o el marido muerto.

Creo en el Dios que se goza con la fe sencilla de los sufridos de siempre y caminacon ellos todos los días buscando el empleo que nunca llega.

Creo en el Dios de ternura y consuelo que busca al pecador y no descansa hasta tenerlo de vuelta en su casa.

Creo en el Dios compasión que recibe al que lo ofendió y lo acurruca en su corazón y manda preparar fiesta en el cielo por su conversión.

Creo en el Dios que nos prepara una morada celestial y que nos tendrá con Él para siempre. Creo en el Dios que nos invita a seguir nuestra religión y ser fieles a nuestra fe pero sin despreciar la de otros. Creo en el Dios que quiere que conozcamos y amemos a su Hijo Jesucristo y que lo adoremos en la Palabra y Sacramentos, en nosotros, en los demás, sobre todo en los pobres, y cuyo Espíritu está presente en todas las culturas y en la naturaleza. Creo en un Dios que nos dice que el universo es su templo y que todo es sagrado porque proviene de Él.

Creo en el Dios que nos invita a despertarnos de nuestro sueño y ver la vida con sus ojos y a trabajar con pasión por un mundo mejor y que quiere que desarrollemos nuestros carismas y que pensemos en los demás. Creo en un Dios que se torna brillante, todo luz, en la anciana de serena mirada que en su mecedora desgastada recuerda los años que se fueron y los seres queridos que ya no están. Creo en el Dios que

vive y reina en los desposeídos y que sitúa su reino en los hombres y

mujeres de buena voluntad. Creo en el Dios que se “pasea por el jardín” de nuestros corazones y se complace viendo las flores de la humildad, generosidad, gratitud y compasión.

El Dios en quien creo sufre de manera misteriosa pero real, mientras sigue la pasión del mundo y está actuando en la historia para liberarnos de todo mal. Creo en el Dios Crucificado que agoniza con los moribundos de nuestros hospitales y que está en las cárceles esperando la visita que nunca llega. Creo en el Dios que está aquí y en muchas partes donde no nos atrevemos a acercar por miedo o por asco. Creo en el Dios que vio la Madre Teresa tirado en las calles como perro sarnoso y que recogió, limpió y lo asistió hasta morir dignamente en una cama, allá en Calcuta.

Creo en el Dios del Calvario y de la resurrección. En ese Dios yo creo.