Opinión - 03/3/17 - 12:00 AM

Policías

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La reciente muerte, a manos de delincuentes, de una unidad del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) se suma a los asesinatos de que han sido víctimas miembros de los estamentos de seguridad, caídos en el cumplimiento del deber.

Es verdad que en el pasado reciente se han denunciado abusos, excesos y hasta actos de corrupción en la fuerza pública, pero también es cierto –ojalá no lo olvidemos– que a lo interno de esos entes de seguridad hay hombres y mujeres con una verdadera vocación de servicio.

No se trata de comisionados obesos, que no se rozan con la tropa, ni oficiales vírgenes que no conocen la calle ni sus problemas, sino de jóvenes unidades, premunidos de idealismo y sacrificio que hacen su trabajo honestamente.

Las unidades de la Policía Nacional que patrullan en la calle no tienen la culpa de la fosilización burocrática de una oficialidad sin contacto real y carente de verdaderas estrategias de seguridad ciudadana.

Pero incluso a esa oficialidad tampoco podemos culparla del todo, los que tienen que responder son aquellos que trazan las políticas públicas de seguridad ciudadana y que carecen de la mínima preparación para ello.

Prueba de ello es el fallido programa Barrios Seguros, que les paga a delincuentes y se ha demostrado que, a pesar de recibir un estipendio oficial, siguen cometiendo delitos. ¡Qué absurdo!

La ciudadanía debe mostrar su apoyo y solidaridad con las unidades que nos cuidan; si la seguridad es mala, imagínense lo que sería si no hubiera ningún policía.

Que la impericia e ineptitud de unos pocos no empañe la vocación y el sacrificio de unidades como el sargento caído en el cumplimento del deber.

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