Opinión - 01/9/16 - 12:00 AM

Revolución

Por: Katiuska Anzola -

Antes solía soñar con estar en una revolución, vivirla, sentirla, escribirla y contarla. La revolución llegó, y estando dentro de ella, quería seguir haciendo muchas otras cosas más porque ignoraba otras tantas y apresuradamente necesitaba inyectarme todas las teorías, frases, citas, fechas, personajes y demás. Estaba ciegamente enamorada de mis ideales, de mi suerte en el ruedo y el destino incierto que podía predecir. Fui integrando mi mente y mi cuerpo en algo que se mezclaba con pueblo, virtudes e hipocresías.

Me di cuenta de que los ideales se estaban resquebrajando y que mis personajes vivían por el dinero y se dejaban corromper por el poder y la avaricia. Y al pueblo solo le daban palmadas de hombro mientras necesitaban de ellos.

Acostarse para escalar puestos se convirtió en pasatiempo de mis colegas y la compañía solo llegó a apreciarse cuando tenías algún cargo importante; del resto, todos se esfumaban. Los autos nuevos y de lujo empezaron a reproducirse y las chequeras no cesaban de cargar una firma sobre otra para sus infinitas compras de vanidad.

Comenzar un negocio nuevo era más sencillo si alguien nos ofrecía más por debajo de la mesa. Las negociaciones de conciencia se empezaron a desplomar cuando solo eran por intereses propios, y el pueblo seguía exigiendo mientras mis ideales tomaban whisky y comían en los restaurantes más caros en las ciudades del mundo.

Pensar se volvió una amenaza para mi convivir con la revolución, era más idiosincrasia mediocre que verdadero fundamentalismo. La practicidad de los movimientos se convertía en furia y esclavismo.

Sin embargo, fui cobarde y salí corriendo... Me alejé de los límites y me fui a otras latitudes, pensando que la revolución era solo cuestión del pasado. Un pasado que reprime mi presente y me cuestiona mi futuro. No tengo raíces, no tengo conexiones, pero tengo conciencia del escabroso y repulsivo accionar de aquellos que creí que eran mis ideales.

Deje atrás un pueblo que se muere de hambre, que no tiene pañales para niños, que no tiene champú para bañarse, que no se cepilla los dientes desde hace semanas, que debe irse a pie al trabajo porque no le alcanza para reparar el auto, que hace colas de 10 horas para tratar de conseguir una harina pan y llega a casa cansado y sin ella, un pueblo que muere por falta de medicamentos y se enferma aún más porque no los tiene, un pueblo que ruega que llegue agua y no se vaya la luz porque, en el mejor de los casos, o hay una o no hay. Que no tiene cómo alimentar a sus mascotas, que tomarse un café con leche es tan difícil como que el precio del petróleo pueda volver a su auge.

Más palabras que a mi fraudulentos ideales ni le interesan... ¿Pero qué hay detrás de ellos? ¿Hasta dónde desean extender el infierno? ¿Se quemarán ellos con nosotros o gozarán y festejarán mientras el país que los vio nacer se deshace ante sus pies?

Revolución, la verdad es que ya no te quiero...