Opinión - 22/9/14 - 11:50 PM

Se casa mi hija

E s difícil dejar ir a los hijos; sin embargo, retenerlos es imposible. Asumir su partida del hogar no es tarea fácil; después de vivir

Yadira Roquebert

E s difícil dejar ir a los hijos; sin embargo, retenerlos es imposible. Asumir su partida del hogar no es tarea fácil; después de vivir bajo el mismo techo durante años, escuchar sus primeras palabras, ver sus intentos por hablar y caminar, compartir sus triunfos y servirles de apoyo cuando están tristes, y así innumerables vivencias que nos llevan a cumplir la ley de la vida: el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne (Gn. 2:24).

La partida de un hijo modifica la rutina del hogar. De seguro que cuando se llega a casa, todo estará en su lugar y, aunque no lo crean, hasta esos pequeños detalles se van a extrañar, pero hay que aceptar que ellos avanzan a la siguiente etapa.

Los padres sabemos que un día los hijos se irán de casa, por ello hay que prepararse y no tomarlo como que se perdió un hijo o una hija, sino que se gana un nuevo miembro y la familia crece con la integración de los suegros, hermanos y los nietos que vendrán después. En esta etapa, nos sentimos satisfechos por la misión cumplida. Entregamos a la sociedad una nueva familia. Y ese es precisamente el rol de los progenitores.

Actualmente, en mi Panamá, el país de las oportunidades, quieren aprobar una ley que les resta responsabilidad a los padres para pasarla a los contribuyentes, quienes tendrán que subsidiar a las adolescentes embarazadas, cuando este subsidio deben cubrirlo los padres de ambos, por su grado de competencia en el hecho. Me parece injusta esta propuesta, que castiga a quienes pagamos impuestos, cuando les corresponde a los padres de familia estar más cerca de sus hijos para evitar embarazos precoces. Sería como darles patente de corso a los menores.

Desde este espacio felicito a los padres que hacen de sus hijos hombres y mujeres de bien, forjados en el seno del hogar, la primera escuela, y que entregan a la sociedad seres capaces de afrontar con responsabilidad y madurez los retos de la vida. A mi hija que se casa, en el tiempo perfecto de Dios, le deseo que junto a su esposo ponga en práctica las enseñanzas recibidas y que los ajustes que sean necesarios estén basados en el amor mutuo y los preceptos de nuestro Creador.