Opinión - 17/4/17 - 12:00 AM

Sentirse solo no es estar solo

Por: Javier González Sánchez Periodista -

Un joven de 16 años se divierte en casa de unos amigos; beben refrescos, comen pizza, se entretienen con videojuegos… no muy lejos de él, una persona de edad avanzada observa una nueva edición de su concurso favorito. Sin que ellos lo sepan, tienen algo en común: se sienten solos. Son dos tipos distintos de soledades y la manera de enfrentarse a ellas también debe ser distinta. Pero la soledad puede resultar tan perjudicial como muchas enfermedades. De hecho, el aislamiento atrae enfermedades.

Existe una gran diferencia entre la soledad autoelegida y el aislamiento. Los espacios de soledad pueden ayudar a una persona en momentos de estrés, ayudan a recuperar energías, facilitan la reflexión y ayudan a conectar con las propias emociones. Sin embargo, el aislamiento social se produce cuando una persona está alejada de su entorno de manera involuntaria.

El aislamiento social es muy común en personas mayores o en aquellas que tienen dificultades funcionales o dolencias que les impiden salir de su domicilio. Puede acarrear depresiones y algunos estudios sostienen que causa dificultades de aprendizaje, problemas de atención y para tomar decisiones.

En personas jóvenes, el aislamiento social puede deberse a problemas de acoso escolar o a traumas en la infancia. La sobreprotección de los padres también puede ocasionar que el niño no aprenda cómo relacionarse con su entorno. A estos niños les resultará mucho más difícil establecer nuevas relaciones cuando lleguen a la edad adulta.

Una persona que se encuentra en situación de aislamiento debe enfrentarse al hecho de que hay algo en su vida que puede y debe cambiar. El afectado debe salir de su zona de confort y abrirse a nuevas experiencias que le ayuden a conocer a otras personas. Pero no todo el proceso tiene que ser de cara al exterior. Que una persona que se encontraba aislada consigue formar parte de un grupo social y de apoyo no garantiza que deje de sentirse en soledad.

Sentirse solo es muy distinto a estar solo. Tal vez la clave de la felicidad sea aceptar nuestra propia individualidad, nuestra propia soledad. Querernos sin necesidad de que otra persona decida que merecemos ser queridos, disfrutar de nuestra vida porque es nuestra y compartirla sin dejar de valorar los momentos que son solo para nosotros.

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