¡Son unos pobres diablos!
«... Sí, me llamo Eduardo... y... yo lo conozco a usted desde la época en que empezó a encontrarse con mi madre en [este] café... Hace tiempo que yo tenía ganas de hablar con usted... Porque tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente. No hablábamos mucho ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea, casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo: mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan son en el fondo unos pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía...
»Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto —¡duele bastante!— pero a mamá le pegaba con el puño cerrado...
»... Antes de que usted apareciera, yo había notado que [mamá] cada vez estaba más deprimida, más apagada, más sola... Usted la quería. Y... ella se merecía que la quisieran...
»Claro que al Viejo también trato de comprenderlo. Es difícil, pero trato. Nunca lo pude odiar, ¿me entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre. Cuando nos pegaba a Mirta y a mí, o cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror, yo sentía lástima. Lástima por él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora, ahora que él ha matado a mamá y quién sabe por cuánto tiempo estará preso...
»Estoy seguro de que papá no habría hecho lo que hizo si no hubiese estado tan borracho... ¿Cree usted que, de todos modos, hubiera matado a mamá esa tarde en que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con ustedes dos? No me parece. Fíjese que a usted no le hizo nada. Solo más tarde, cuando tomó más grapa que de costumbre, fue que arremetió contra mamá. Yo pienso que, en otras condiciones, él habría comprendido que mamá necesitaba cariño, necesitaba simpatía, y que él en cambio solo le había dado golpes...
»... Cuando usted se me acercó y me invitó a tomar un capuchino con tostadas, aquí en el mismo café donde se citaba con ella, yo sentí que tenía que contarle todo esto... Ahora estoy seguro de que hice bien. Porque usted está llorando y, ya que mamá está muerta, eso es algo así como un premio para ella, que no lloraba nunca.»1
Así termina el triste cuento titulado «Réquiem con tostadas» del uruguayo Mario Benedetti. Tanto Dios Padre como Eduardo se esfuerzan por comprender «al Viejo» alcohólico y no lo desprecian.
Pero Eduardo le tiene lástima, mientras que Dios le tiene compasión, por lo que le ofrece perdón si se arrepiente de todo corazón y le permite que cambie por completo su manera de pensar a fin de que cambie también su manera de actuar. Es que hace tiempo que Dios tiene deseos de hablar con él, de modo que pueda cultivar con él una relación estrecha como la que tiene con cada uno de sus hijos.
