Tanto amó ella a su hijo
Eran las 8 y 35 de la noche. Estaba lloviendo y la casa antigua con un primer piso de cemento y bloques, y el segundo de madera, resistía con su techo de zinc y tejas los embates del torrencial aguacero. Grandes ventanas y un techo alto, era una vivienda que sobresalía entre otras por ser más esbelta. Era un viejo barrio de una ciudad de El Salvador y yo acababa de dar la unción a una moribunda. Esta señora, de unos 84 años padecía desde hace dos años de un terrible cáncer, y su corazón ya se apagaba como la vela que alumbraba el Corazón de Jesús colocado frente a su cómoda.
Doña Carmen había sido una mujer muy trabajadora y administraba las fincas y la tienda que su difunto marido le dejó. Con tres hijos supo mantener el patrimonio familiar y darles, además, una buena educación a ellos. Pero hacía 15 años, empezaron ciertos pleitos por un dinero dejado por el marido y que ella repartió entre los hijos. Por asuntos de necesidad dio la mitad del dinero al hermano mayor que tenía un hijo con cáncer con un carísimo tratamiento en una clínica en Estados Unidos. Y a los otros dos compensaría el recibir menos el dejarle como herencia al morir la señora, unos bienes más valiosos que el que recibiría el hermano mayor. El pequeño nunca aceptó eso y armaba cada pleito en la casa cuando se tocaba el tema. Amenazó con poner abogado y al final optó por irse de la casa. Está casado y pudo abrir su negocio de calzado y le ha ido bien. Pero lleva ya más de diez años de no hablarse con su madre. Nunca más se dirigió a ella, ni para cumpleaños ni Navidad. Doña Carmen no conoce a sus nietos y siempre ha deseado ver al hijo. Muchas lágrimas ha derramado ella por este hijo suyo.
Esa noche ella llamaba, entre respiración entrecortada y estados de cierta inconsciencia a su hijo menor. “Francisco, Francisco, quiero verte”. Abría los ojos y buscaba entre los presentes a su hijo. Allí estaban todos, inclusive una enfermera que la cuidaba, pero no el hijo. El médico de cabecera me dice al oído: “tenía que haberse muerto hace horas esta señora. Es increíble cómo aguanta esperando que llegue su hijo”. Los familiares llevaban días intentando convencer al hijo, que vivía en otra población, que viniera a ver a su madre. Él decía que no.
Me armé de valor y yo decidí llamarlo. Me contestó la llamada y le dije más a menos así: “Francisco, le habla el padre Emiliani. Usted no me conoce. Pero estoy frente al lecho de dolor de una anciana que se está muriendo. Ella es su madre. Sí, aquella que lo parió y durante tantos años lo sirvió. Lo amamantó. Le enseñó a caminar, a hablar, a rezar. Lo llevó todos los días de niño a la escuela hasta que usted se pudo valer por sí mimo. Al morir su padre ella trabajó intensamente y le dio a usted formación universitaria. Sacrificó descansos, paseos, fiestas, por cocinarles a ustedes, lavar su ropa, planchar, ayudarles a hacer sus tareas y ahora se está muriendo. Ella quiere verlo, pero usted ha demostrado que tiene un corazón de piedra, insensible, cruel y despiadado. Yo le pido, le exhorto, le ordeno como sacerdote que venga ya para acá y despídase de ella”.
A las 10 y media de la noche llegaba Francisco y todo mojado entró a la casa y habitación de su madre. Este hombre, de unos cuarenta y ocho años al ver a su madre se enterneció, corrió y se arrodilló frente a la cama de su madre y le tomó la mano. “Mamá, ya estoy aquí”. La mujer abrió los ojos y levantando un poco la cabeza pudo verlo. Dibujó una pequeña sonrisa en sus labios y repitió varias veces el nombre Francisco tenuemente. “Mamá, perdóname. Mamá, no sabía lo que hacía. Perdóname”. La madre apretó su mano en la de su hijo y alcanzó a decir: “no hay nada que perdonar. Siempre te he amado”. Y murió en ese instante la mujer.
El amor de una madre se parece mucho al de Dios. Francisco se dejó llevar por la ambición y el resentimiento. Su madre perseveró en su amor. Ella no podía morir en paz sin ver a su hijo cerca. Dios tocó el corazón del hijo y él se reconcilió con ella. Al final el amor siempre vence. Ella alargó su vida, cuando biológicamente ya tendría que haber muerto, por ver por última vez a su hijo. Y se fue con Dios, con quien somos invencibles.
