Opinión - 16/12/14 - 12:42 AM

¿Un cielo aburrido?

Era el año 1828 en la ciudad de Santa Fe de Bogotá. Hubiera preferido mil veces permanecer callada, pero se veía obligada a romper su silencio. Así

Hermano Pablo

Era el año 1828 en la ciudad de Santa Fe de Bogotá. Hubiera preferido mil veces permanecer callada, pero se veía obligada a romper su silencio. Así que mojó la pluma en la tinta y comenzó a escribirle a su esposo británico una carta que resultaba difícil por su franqueza, pero que a la vez era fácil porque le salía de las entrañas:

«¡No, no, no más, hombre, por Dios! ¿Por qué hacerme usted escribir, faltando a mi resolución? Vamos, ¿qué adelanta usted, sino hacerme pasar por el dolor de decir a usted mil veces no? Señor, usted es excelente, es inimitable; jamás diré otra cosa, sino lo que es usted. Pero, mi amigo, dejar a usted por el general Bolívar es algo; dejar a otro marido sin las cualidades de usted, sería nada.

»...Yo sé muy bien que nada puede unirme a él bajo los auspicios de lo que usted llama honor. ¿Me cree usted menos honrada por ser él mi amante y no mi esposo?...

»Déjeme usted, mi querido inglés. Hagamos otra cosa: en el cielo nos volveremos a casar, pero en la tierra no... Allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación... El amor les acomoda sin placeres; la conversación, sin gracia, y el caminado, despacio; el saludar, con reverencia; el levantarse y sentarse, con cuidado; la chanza, sin risa. Estas son formalidades divinas; pero yo, miserable mortal, que me río de mí misma, de usted y de estas seriedades inglesas, ¡qué mal que me iría en el cielo!».

¿Cómo se explica que la patriota quiteña Manuela Sáenz tuviera semejante concepto del cielo? ¿Acaso influyó en ella el tiempo que pasó encerrada en los claustros del convento de monjas de Santa Catalina? Allí la inquieta joven de 17 años no tardó en rebelarse contra la rutina, las reglas y las restricciones monásticas.

Lo cierto es que aquella esposa del doctor James Thorne y amante del general Simón Bolívar, al igual que los saduceos en tiempos de Jesucristo, desconocía las Escrituras y el poder de Dios. En el mundo venidero —les dijo Jesús—, los hijos de Dios «no se casarán ni serán dados en casamiento ni tampoco podrán morir, pues serán como los ángeles». Con esas palabras Cristo dio a entender que el poder de Dios es tal que el cielo superará a la tierra en todos los sentidos. Lejos de lo que pensaba Manuelita, allá la vida no será aburrida, sino divertida.

Lo irónico del caso es que a la libertadora del Libertador le pudo haber ido de lo mejor en el cielo, pues no hay mayor libertad que la que allí nos espera.