Un hombre vencido por el duelo
Era un hombre con muchas arrugas en la cara y el pelo muy canoso. Parecía envejecido prematuramente. Su espalda encorvada levemente hacia adelante. Era una tarde muy lluviosa cuando nos encontramos. Vestía una chaqueta ya gastada y una camisa blanca y pantalón negro. Su mirada era profunda, sus ojos claros, pero su voz cansada. “Mire padre, he venido porque sigo su programa de radio cada vez que puedo".
He sido muchos años profesor de universidad. Por mí han pasado infinidad de estudiantes, algunos muy sobresalientes, otros muchos, los que se contentan con pasar las clases.
Mi mujer murió hace tres años, desde ese entonces mi vida ha ido perdiendo sentido. Aunque soy creyente y creo que ya ella está con Dios, me duele que no esté aquí; además ella sufrió mucho en sus dos últimos años por un cáncer muy agresivo. Quedó reducida a huesos con un poco de carne. Estoy resentido con Dios. ¿Por qué Él me la quitó? Tengo tres hijos que ya están encaminados en la vida, son profesionales y uno pronto se casará. Pero cada uno de ellos vive su mundo. ¿Qué será de mí cuando los tres me dejen solo? Soy muy competente en mi materia, he publicado tres libros, pero ya no quiero escribir más. Pude haber sido rector de la Universidad, pero por mi mal genio y porque no me callo la verdad y la digo a cualquiera me han impedido dos veces ejercer ese cargo”.
Yo sentí compasión por ese hombre. Pasaba por una depresión que podría agravarse. Le pregunté por sus libros y me dijo que han sido muy aceptados por los lectores aficionados a la historia. Los ha escrito en forma de novelas con grandes fundamentos en la realidad histórica.
Le dije que él tenía que aceptar lo que ya no se puede cambiar. Que la muerte nos acompaña en la vida hasta que nos lleva con ella; pero que la muerte no es el final del camino. Al final de la vida, Dios nos espera para llevarnos al cielo y vivir plenamente. Este hombre, catedrático universitario, comenzó a mirarme a los ojos abriendo los suyos notablemente. Por primera vez en la conversación esbozó una sonrisa y se echó para atrás pegando la espalda al respaldar de la silla. Me escuchaba con atención. Le dije que Dios no se dejará vencer por la muerte ni por el pecado. Que Él tiene todo el poder y la gloria y que su misericordia es infinita.
Así que, ánimo. Sea a partir de hoy un mejor catedrático que en el pasado”. Me dijo al final que le dolía no haber sido mejor esposo con su mujer. Oré por él un buen rato y se levantó con buen ánimo y agradeciéndome me dijo: “con Dios somos invencibles
