Una gran luz
El profeta Isaías nos dice: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz”, Isaías 9, 1. La luz que ilumina a todo hombre es fuente de alegría, la oscuridad nos trae inseguridad y desasosiego.
Pero la luz no solo ilumina el camino dándonos seguridad para seguir adelante, sino que también nos ilumina a nosotros mismos y nos interpela. Al enfrentarnos a la luz, muchas veces no nos gusta lo que vemos en nosotros mismos.
Reconocemos la importancia y el valor de la luz, pero nos resistimos a ella porque nos sentimos bien tal y como estamos, porque la luz nos llama a salirnos de nuestra comodidad, porque el cambio implica esfuerzo y muchas veces dolor.
Por eso la palabra nos dice: “En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas”, Juan 3, 19. He ahí el drama de nuestra vida, reconocemos la luz, pero preferimos la oscuridad porque nos aferramos a nuestros pecados. “Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella por temor de que sus obras sean descubiertas”, Juan 3, 20.
Prueba de nuestra resistencia a la luz es la oposición sistemática que tenemos al sacramento de la reconciliación. Nos convencemos a nosotros mismos de que no estamos haciendo nada malo. Incluso algunos llegan a confundir pecado con delito.
Todo delito es un pecado, pero no todo pecado es un delito. Por lo tanto, si queremos ver la luz, hagamos primero un concienzudo examen de conciencia y después una buena confesión sacramental.
