Viento
A veces aparecían unos chicos malos que querían dañar nuestras cometas. Había dos maneras de responder: nos íbamos del lugar o nos enfrentábamos en una lucha por evitar que las filosas hojas de afeitar de las colas de sus cometas rompieran el hilo de las nuestras. Menos mal que eso sucedía rara vez. Por lo general, la muchachada de la calle Primera Parque Lefevre elevaba al cielo sus cometas ante la alegría de todos. Han pasado más de sesenta años. Todavía recuerdo que, al aparecer, los primeros vientos del verano pensábamos en las cometas. En esa época no había cometas hechas en el extranjero que se vendieran en almacenes y semáforos. Eran cometas artesanales, que mostraban el ingenio de sus creadores. Mi padre me enseñó a hacer cometas que “siempre volaban”. He seguido esa tradición por más de medio siglo. Todavía guardo con cariño dos cometas de hace diez años…
Papá nos capacitó a mi hermano Orlando y a mí a hacer cuatro artesanías. La más conocida eran las cometas. Se hacían con varillas de bambú o virulí, papel “chino” de colores, engrudo de yuca y mucha creatividad. Hasta llegué a vender algunas por unos reales. Otra artesanía fueron las jaulas para pajaritos, que en esa época no era delito mantenerlos encerrados. Se usaban varitas de hojas de palmas y virulí de caña. Obra hecha con nuestras manos de niños fueron las máscaras de diáblicos sucios para el Carnaval. Había que buscar arcilla en los nidos de arriera. Esa masa servía de molde. Se colocaba cantidad de tiras de papel periódico con goma hasta formar un cartón. Luego se pintaba de colores. Además aprendí a hacer sogas para amarrar caballos con fibra de majagua. Realmente hice una y nunca la usé.
Esta actividad fortalecía la comunicación e interacción entre padres e hijos. Sobre las cometas recuerdo que ya de adulto organicé un concurso en el parque de Hato Pintado. Eso sucedió hace unos cuarenta años y mi padre fue jurado. Panamá ha seguido esta tradición en el interior y una asociación de asiáticos, algo meritorio porque es una diversión sana y estimula la creatividad de adultos y niños. Aunque tiene su lado triste cuando el viento rompía una cometa que iba a dar a un árbol donde no se podía rescatar. También enviábamos mensajes al cielo en papeles que metíamos en el hilo de la cometa con la esperanza de que llegaran a Dios…