Opinión - 20/10/14 - 11:57 PM

Visitando La Sinagoga

Mi padre, mis abuelos paternos y mis tíos fueron judíos. Siendo yo católico, por parte de mi madre, me he sentido muy agradecido por mis raíces hebreas.

Por Claudio de Castro | Escritor

Mi padre, mis abuelos paternos y mis tíos fueron judíos. Siendo yo católico, por parte de mi madre, me he sentido muy agradecido por mis raíces hebreas.

San Josemaría Escrivá solía decir: “Mis tres grandes amores son judíos: Jesús, José y María”.

Un primo que es rabino llegó recientemente a la ciudad, y aproveché para llevar a mis hijos a la sinagoga. Quería que conocieran su historia y sus raíces. Las paredes de la sinagoga estaban impregnadas con los nombres de nuestros antepasados.

La ceremonia del shabat fue un canto prolongado y profundo de amor a Dios, Creador y Padre. Me imaginaba a Jesús siendo niño en la sinagoga de Nazaret, rezando estas mismas oraciones, cantando estas mismas canciones.

En uno de los libros de oraciones del shabat encontré una oración hermosa y la copié. La describiría con dos palabras: Humildad. Presencia de Dios.

¡Oh Dios, mi Dios! Tú eres el Uno y yo el otro.

¿Quién se preocupa del otro, sino el Uno?

Tú eres el Creador y yo la criatura. ¿Quién vela por la criatura, sino el Creador?

Tú eres el fuerte y yo el débil.

¿Quién protege al débil, sino el fuerte?

Tú eres el juez y yo el juzgado.

¿Quién se apiada del juzgado, sino el juez?

Tú eres Dios y yo soy el hombre. ¿Quién se preocupa del hombre, sino Dios?

Tú eres el soberano y yo el súbdito.

¿Quién gobierna al súbdito, sino el soberano?

Tú eres el inocente y yo el culpable.

¿Quién perdona al culpable, sino el inocente?