Opinión - 30/11/14 - 10:25 PM

Zombi

Al señor lo llamaron dos veces de un “call center” de un prestigioso banco. Un varón y una dama le ofrecieron la oportunidad de conseguir un préstamo

Milcíades Ortiz

Al señor lo llamaron dos veces de un “call center” de un prestigioso banco. Un varón y una dama le ofrecieron la oportunidad de conseguir un préstamo personal. Al principio, al caballero no le interesó. Le extrañó que tuvieran su nombre y teléfono.

Resultó que existe un mundo oscuro de referencias. Incluso compran direcciones y nombres en instituciones donde uno de buena fe los da. Preguntó por qué lo llamaban, pero no obtuvo explicación. Dijo la primera vez que lo pensaría. Se puso a fantasear sobre viajes en cruceros, ofertas de todo incluido en otros países, turismo reconfortante luego de un año de trabajo, etc. Al recibir la segunda llamada decidió ir a formalizar el préstamo. Indicó en Recepción que fulano y zutana lo habían llamado para ofrecerle un préstamo. Nadie conocía esos nombres. Por lo visto, el “call center” andaba por su cuenta. Durante casi una hora esperó que lo atendieran. Ya se veía en pantalones cortos y chancletas playeras caminando por el Caribe y disfrutando de la vida. No había almorzado para ir temprano al banco. Pensó que ellos deberían saber que es una persona que está al día en sus deudas y tiene dos empleos para vivir bien de manera legal.

“Todo se derrumbó”, como decía una vieja canción romanticona… ¡cuando revisaron su cédula! “Ud. tiene más de setenta años y no le podemos prestar por su edad”, señaló el empleado. Tartamudeando reclamó: “¿Por qué me llamaron dos veces ofreciéndome el préstamo? Si tenían mi nombre y teléfono, ¿por qué no averiguaron mi edad para no hacerme pasar pena y disgusto?”. Nadie lo hizo. Salió del banco cabizbajo. Recordó que años atrás, al comprar un auto, le indicaron que al llegar a los setenta años… no podían financiarle otro. Pensó en la póliza de seguro de vivienda que le suspendieron por edad. También recordó que en su trabajo, más de uno lo ve como una “momia”. Detrás susurran ¿cuándo se irá este viejo? Nuestro caballero, que desde los dieciocho años ha trabajado sin parar, se sintió… ¡un zombi! Un muerto en vida. Camina, come, ríe, ama, compra, paga deudas, como cualquier jovenzuelo. Pero esta sociedad lo quiere convertir en alguien “que no está en las páginas amarillas”, como dirían algunos en Volcán. Levantó la frente, caminó rápido y murmuró… ¡todavía puedo fregar paciencia!