Almas que gritan auxilio
Desde los diez años de edad Ana María conocía de robos, drogas, violencia y de abuso sexual. La persona que debió protegerla (su madre) fue quien la indujo a caminar por esos escabrosos caminos que finalmente la llevaron a la mendicidad.
A esa corta edad, su vida transcurría entre hurtos y robos en locales comerciales, acompañada por ocho (8) mozalbetes de entre 11 y 15 años de edad, en su mayoría provenientes de hogares disfuncionales, donde solo se tenía la figura de uno de los padres o eran criados por otras personas, muchas veces sin vínculo familiar.
Para ella, estar acompañada de sus “compinches” era un día normal de travesuras en el barrio de Calidonia, donde nació y se crió.
Su preocupación surgía cuando caía la noche y tenía que regresar a casa. “Era mi peor pesadilla”, nos confesó, cubriéndose el rostro.
Su madre casi nunca estuvo en las oscuras noches. Ella laboraba en un club nocturno, pero antes de salir le indicaba las obligaciones, una de ellas era brindar atención a su padrastro cuando exigía tener intimidad. Su cuerpo tuvo que unirse muchas noches con esta persona, por lo que su sufrimiento era indescriptible. No tuvo más remedio que huir de casa a los 17 años.
La historia de Ana María es una película de la vida real y tal vez la han vivido muchos de los 500 mendigos que se observan deambulando por las calles, hurgando en los basureros o durmiendo por cualquier esquina, donde los agarre la noche.
Callejón sin salida
Las arrugas de su rostro revelan una edad falsa. Ella asegura tener 54 años de edad, pero los capítulos de padecimiento en su vida no cambian, tanto así que sigue en la calle y, aunque la encontramos en un callejón sin salida, ella ha buscado una escapatoria y casi se agarra de la Biblia como una liana para no caer al abismo. Así vive sus días en un viejo edificio, en calle I Perejil, donde duerme a la intemperie sobre un colchón que huele a muerto y excretas humanas, que a ella ya no le hace.
