Opinión - 12/1/15 - 12:00 AM

Angustia

El temor de los empleados públicos ya es una realidad. Desde mediados del mes pasado se intensificaron las cartas de despidos en los despachos oficiales, lo que se tradujo para muchos en un amargo diciembre que agrió las fiestas de fin de año.

Lenta, silenciosa, pero inexorablemente continúan los despidos de funcionarios, pero lo más triste es que no se trata de gente que gana altos salarios, sino de aquellos cuyo sueldo en muchos casos no llega ni a los mil dólares mensuales.

Gente arrojada abruptamente al mar proceloso de la desocupación, por el hado infame de la politiquería.

Muchos de estos funcionarios despedidos y a los que les tocará este cruel destino en los próximos días y semanas son mujeres que sacan adelante solas un hogar, son profesionales jóvenes que recién inician su carrera ganando bajos salarios o trabajadores que no cuentan con formación ni otra fuente de ingresos.

¿En qué piensan estos gerifaltes cuando someten al humilde funcionario al fantasma del desempleo de manera tan repentina? ¿No saben acaso que con ese miserable sueldo del que ahora lo privan, pagan la luz, agua, teléfono -si tienen-, escuela de los hijos, alimentación etc.?

En contraste con esta dramática situación, el Gobierno no para en mientes de realizar jugosos nombramientos con sueldos que llegan hasta 6,000 dólares mensuales, de sujetos con dudosa preparación académica y experiencia práctica.

Una simple ojeada a la planilla de los ministerios nos hará escandalizar de ver los jugosos salarios con que han sido premiados algunos alabarderos.

Qué infamia, señor Varela, cómo despiden a los empleados pobres y toman esas partidas, las juntan para crear un espacio de jugoso salario para dárselo como premio a un allegado.

En Panamá no existe la meritocracia, sino el juegavivo estatal, y mientras siga el favoritismo y el nepotismo rampante, la administración pública andará manga por hombro y, como siempre, los que más sufrirán son los humildes.