Bus
Estaba emocionado. Luego de unos diez años de desearlo, iba a viajar en bus de Volcán a Concepción y de regreso, en Chiriquí. Siempre decidía manejar mi auto para tener comodidad. Al subir al mediano bus, un señor de edad me ayudó porque pensaba que era un turista gringo. Dijo que él era cédula cuatro de Chiriquí. Seguí mi vena humorística y le señalé que era de la capital, con cédula ocho. Sonreído manifesté que por eso era “dos veces chiricano”. Al sentarme busqué el cinturón de seguridad creyendo que estaba en mi carro. No había. Pensé que si ocurría un accidente, los pasajeros volaríamos por el bus. Creo que hay que poner esa medida de seguridad en todos los buses. Esos pensamientos fueron interrumpidos por el delicioso olor de un emparedado. Una madre alimentaba a su pequeña hija, que por cierto tuvo buen comportamiento en el viaje.
Mientras miraba el paisaje de fincas y animales, mi mente se fue por el “túnel de tiempo”. Tenía quince años y mi padre me dio la confianza de manejar el auto familiar para ir al Valle de Antón. Expresó: “al fin voy a poder mirar el paisaje con calma”. También pensaba en el metro, que luego de costar más de mil millones de dólares, a los dos años y semanas sufría daños eléctricos. Además estaba atento a los problemas que padecían en la capital los que usan el metrobús. Pero aquí no existían. No tenían alta la música, el “pavo” estaba bien vestido y facilitaba el viaje con seriedad. Cobraba el pasaje y decía las próximas paradas. El chofer no iba a alta velocidad, lo que me tranquilizó. Son famosas las conversaciones por celular en alta voz en los buses. A veces uno se entera de cosas personales de otros. Solo un caballero habló y supimos que le querían quitar una finca… La mayoría de los pasajeros eran jóvenes, metidos en sus celulares… a lo mejor buscaban pokémones.
El regreso también fue bueno. ¡Qué alegría no sufrir manejando! Nada de camiones a alta velocidad, carros pasándonos en las curvas y motorizados suicidas, que nos llenan de estrés. Pero llamó la atención unos jóvenes “acaramelados” en un asiento de atrás. Casi les digo “tengan cuidado con un embarazo no deseado”. Me callé, no vaya a ser que me insulten por ser viejo “metido”. Además, a nadie le importaba el “romanceo” en público. Confieso que la experiencia fue positiva. Tal vez tuve suerte y no sufrí malos tratos y otros problemas de los que se quejan pasajeros del transporte público en muchas partes del país.
