Cambio
A finales de los años setenta del siglo pasado, no fueron muy efectivos los programas de salud que buscaban disminuir los embarazos en familias pobres del interior del país. Ya hemos señalado que el machismo y el miedo a que la mujer al poder evitar los embarazos tuvieran relaciones con otros hombres aparte de su marido, impidieron el uso de pastillas antiembarazos y preservativos para los hombres. En menos de cuarenta años han cambiado bastante en algunos sectores de la población panameña, conductas relacionadas con lo sexual.
Hay que aceptar que ahora en el interior ha disminuido algo la resistencia al control de los embarazos. Esto es una muestra de que las actividades de salud están siendo mejor recibidas ahora que hace cuarenta años. Pero el cambio más notorio se ha dado en sectores infantiles y juveniles de las ciudades de Panamá. Son conocidas las facilidades que hay ahora para adquirir preservativos y medicinas antiembarazos. Amplios sectores de adultos utilizan diferentes métodos para el control de la natalidad... sin embargo, niños y jóvenes han sufrido un notorio cambio en sus valores, convirtiéndose los embarazos precoces en una verdadera epidemia que tiene asombrada a la sociedad panameña.
Expertos a veces no se explican el porqué niñas que no han cumplido diez años son embarazadas. ¿En qué quedó eso de mi cuerpo es un templo? ¿A dónde fue a dar la importancia de llegar señorita al matrimonio? Ante esta realidad sorprendente, la pregunta de mayor impacto es ¿por qué esos muchachos no usan anticonceptivos y preservativos para evitar estos embarazos no deseados? La realidad es más traumática todavía, cuando el fantasma de las enfermedades venéreas hace estragos en parte significativa de la juventud panameña. Mientras se discute si hay que dar orientación sexual en escuelas y colegios, los números señalan que de cada tres nacimientos, uno es de una niña o adolescente. Lamentable es que esos niños precoces en su mayoría no van a contar con un hogar formado.
Es estremecedor enterarnos que una tercera parte de los panameños y panameñas con sida, tienen menos de veinticuatro años. Imagínense los miles de jovencitos (as) víctimas de las variadas enfermedades sexuales que existen en Panamá, algunas de ellas que no pueden curarse. Tiene que ser muy seria la situación cuando las autoridades de salud hacen esfuerzos por vacunar a niñas contra el Papiloma. (¡Qué futuro le espera a Panamá...!)
