Opinión - 21/9/16 - 12:00 AM

Cañafístula

Por: Milcíades Ortiz Catedrático -

Cuando en el supermercado me dijeron que el aguacate costaba casi tres dólares, no lo compré. Lo mismo pasó con un mango. Quisieron justificar el elevado precio diciendo que era extranjero, lo que no me convenció. Pensé que con ese dinero se podría pagar un almuerzo popular. Pero tengo que pagar hasta quince centavos por un guineo, puesto que deseaba comerlo. Recordé que en el patio de la casa familiar de Parque Lefevre había tanto guineo que se regalaba a los vecinos. No me canso de señalar el fracaso de hace años y gobiernos en cuestiones de la producción de alimentos. Hace semanas, la cebolla se vendió hasta en dos dólares la libra. Poco después cayó a medio dólar la libra. ¿Qué pasó? Nada más que un ejemplo del desorden que hay en el agro.

Solo así se explica que se hayan gastado quince millones de dólares en comprar maíz en el extranjero. Este grano se puede sembrar en cualquier esquina. Miles de hectáreas se han dejado de sembrar de arroz, lo que perjudica a los productores. Pudiéramos producir nuestros alimentos si existiera planificación, ayuda técnica y se le garantizara al productor la venta de su producto. En los años setenta del siglo pasado, como periodista, viajé a Alemania capitalista. Me enteré de que el Gobierno garantizaba a los campesinos la compra de las cosechas, carne y leche. Eran pequeños y medianos finqueros que vivían bien y sin protestar porque tenían garantías de que su trabajo les rendiría, ya que la comida debe ser un “buen negocio”.

Pareciera que existiera una conspiración para que nuestro dinero se vaya a los bolsillos extranjeros, aunque sufra nuestro hombre del campo. Otro problema del campo es la contaminación que elimina algunos productos. Ya no se puede conseguir berro a orillas de la carretera que conduce a Cerro Punta, Chiriquí. La zarzamora que era silvestre casi ha desaparecido. Es absurdo que en diciembre la libra de guandú cueste hasta diez dólares, cuando ese arbusto crece hasta en el monte… También esta crisis productiva ha causado la desaparición de ciertas frutas que disfrutábamos en nuestra niñez.

La grosella muchos no la conocen. Lo mismo que el corozo. El mangotín casi no se ve en los lugares que venden frutas. Hace poco traté de comprar cañafístula y me vieron como a un “marciano”. Y qué decir del icaco. Alguna institución debería luchar para que no desaparezcan nuestras frutas, que son tan buenas para la salud.