Comprender para perdonar
"El hombre se compadece solo de su prójimo, pero el Señor se compadece de todo ser viviente; él reprende, corrige, enseña y guía como un pastor a su rebaño". (Ecl 18,13)
Generalmente, todo aquel que nos ofende tiene un problema interior. La gente no hace daño simplemente por el gusto de hacerlo, sino porque están enfermos. Tienen problemas dentro de su ser, un caos en su alma. Por lo tanto, hay que comprender que detrás de un agresor hay una persona enferma. Así como Dios es misericordioso, Él quiere que nosotros también lo seamos, perdonando al que nos ofende. Cuando perdonamos como Él, nos acercamos más a ese Dios quien es todo bondad y amor. Perdonando desarrollamos más nuestra capacidad de amar y nos sanamos interiormente. El que perdona ama más y se santifica.
La reconciliación implica perdón, pero también es verdad que reconciliarse con el hermano no significa aceptar atropellos. Es decir, reconciliarse con los demás y perdonar no está reñido con defenderse del agresor. Todo ser humano tiene derecho a defender su propia dignidad, a no aceptar el maltrato físico ni verbal y a denunciar todo aquello que es malo. Al hacerlo, obramos en favor del bien común, por el bien de uno y también por el bien del victimario. Evitemos que el que nos hace daño continúe haciéndolo y se convierta en una persona más conflictiva y sumergida en el pecado.
Cuando Jesús fue interrogado por el sumo sacerdote en aquel juicio injusto, Él respondió "si he dicho algo malo, dime en qué ha consistido; y si lo que he dicho está bien, ¿por qué me pegas?" (Jn 18,23) Cristo se defendió de la agresión porque en el fondo Dios no quiere que haya víctimas ni verdugos. Entonces, tenemos el derecho y la obligación de defendernos.
Todos los seres humanos son iguales en dignidad. Ninguna persona tiene derecho a ofender o maltratar a nadie. Ningún varón tiene derecho, ni ante Dios ni ante la ley, de maltratar, ofender o humillar a una mujer. El hombre no es superior a ella para tenerla como esclava, sumisa y sirviéndole como si él fuera un "Señor". El único Señor es DIOS.
El derecho a la defensa personal no debe ser contrario a un espíritu reconciliador. Dentro de ese espíritu de reconciliación, tenemos el derecho a defendernos de la agresión, pero no utilizando las mismas armas que el agresor. Hay que defenderse con dignidad, respetando siempre a la otra persona.
